Mujeres que corren con lobos -- Introducción
Cantando sobre los huesos
Tanto los animales salvajes como
la Mujer Salvaje son especies en peligro de extinción. En el transcurso del
tiempo hemos presenciado cómo se ha saqueado, rechazado y reestructurado la
naturaleza femenina instintiva. Durante largos períodos, ésta ha sido tan mal
administrada como la fauna silvestre y las tierras vírgenes. Durante miles de
años, y basta mirar el pasado para darnos cuenta de ello, se la ha relegado al
territorio más yermo de la psique. A lo largo de la historia, las tierras
espirituales de la Mujer Salvaje han sido expoliadas o quemadas, sus guaridas
se han arrasado y sus ciclos naturales se han visto obligados a adaptarse a
unos ritmos artificiales para complacer a los demás. No es ninguna casualidad
que la prístina naturaleza virgen de nuestro planeta vaya desapareciendo a
medida que se desvanece la comprensión de nuestra íntima naturaleza salvaje. No
es difícil comprender por qué razón los viejos bosques y las ancianas se
consideran unos recursos de escasa importancia. No es ningún misterio. Tampoco
es casual que los lobos y los coyotes, los osos y las mujeres inconformistas
tengan una fama parecida. Todos ellos comparten unos arquetipos instintivos
semejantes y, como tales, se les considera erróneamente poco gratos, total y
congénitamente peligrosos y voraces. Mi vida y mi trabajo como psicoanalista
junguiana, poeta y cantadora*[1],
guardiana de los antiguos relatos, me han enseñado que la maltrecha vitalidad
de las mujeres se puede recuperar efectuando amplias excavaciones
"psíquico— arqueológicas" en las ruinas del subsuelo femenino.
Recurriendo a estos métodos conseguimos recobrar las maneras de la psique
instintiva natural y, mediante su personificación en el arquetipo de la Mujer
Salvaje, podemos discernir las maneras y los medios de la naturaleza femenina
más profunda. La mujer moderna es un borroso torbellino de actividad. Se ve
obligada a serlo todo para todos. Ya es hora de que se restablezca la antigua
sabiduría. El título de este libro, Las mujeres que corren con los lobos: Mitos
y relatos del arquetipo de la Mujer Salvaje, procede de mis estudios de
biología acerca de la fauna salvaje y de los lobos en particular. Los estudios
de los lobos Canis lupus y Canis rufus son como la historia de las mujeres,
tanto en lo concerniente a su coraje como a sus fatigas. Los lobos sanos y las
mujeres sanas comparten ciertas características psíquicas: una aguda
percepción, un espíritu lúdico y una elevada capacidad de afecto. Los lobos y
las mujeres son sociables e inquisitivos por naturaleza y están dotados de una
gran fuerza y resistencia. Son también extremadamente intuitivos y se preocupan
con fervor por sus vástagos, sus parejas y su manada. Son expertos en el arte
de adaptarse a las circunstancias siempre cambiantes y son fieramente leales y
valientes. Y, sin embargo, ambos han sido perseguidos, hostigados y falsamente
acusados de ser voraces, taimados y demasiado agresivos y de valer menos que
sus detractores. Han sido el blanco de
aquellos que no sólo quisieran limpiar la selva sino también el territorio
salvaje de la psique, sofocando lo instintivo hasta el punto de no dejar ni
rastro de él. La depredación que ejercen sobre los lobos y las mujeres aquellos
que no los comprenden es sorprendentemente similar. Por consiguiente, fue ahí,
en el estudio de los lobos, donde por primera vez cristalizó en mí el concepto
del arquetipo de la Mujer Salvaje. He estudiado también a otras criaturas
como, por ejemplo, el oso, el elefante y esos pájaros del alma que son las
mariposas. Las características de cada especie ofrecen abundantes indicios de
lo que es posible conocer acerca de la psique instintiva femenina. La
naturaleza salvaje ha pasado doblemente a mi espíritu por mi nacimiento en el
seno de una apasionada familia mexicano—española y más tarde por mi adopción
por parte de una familia de fogosos húngaros. Me crié cerca de la frontera de
Michigan, rodeada de bosques, huertos y tierras de labranza y no lejos de los
Grandes Lagos. Allí los truenos y los relámpagos eran mi principal alimento.
Por la noche los maizales crujían y hablaban en voz alta. Allá arriba en el
norte, los lobos acudían a los claros del bosque a la luz de la luna, y
brincaban y rezaban. Todos podíamos beber sin temor de los mismos riachuelos.
Aunque entonces no la llamaba con este nombre, mi amor por la Mujer Salvaje
nació cuando era una niña. Más que una atleta, yo era una esteta y mi único
deseo era ser una caminante extasiada. En lugar de las sillas y las mesas,
prefería la tierra, los árboles y las cuevas, pues sentía que en aquellos lugares
podía apoyarme contra la mejilla de Dios. El río siempre pedía que lo visitaran
después del anochecer, los campos necesitaban que alguien los recorriera para
poder expresarse en susurros. Las hogueras necesitaban que las encendieran de
noche en el bosque y las historias necesitaban que las contaran fuera del
alcance del oído de los mayores. Tuve la suerte de criarme en medio de la
Naturaleza. Allí los rayos me enseñaron lo que era la muerte repentina y la
evanescencia de la vida. Las crías de los ratones me enseñaron que la muerte se
mitigaba con la nueva vida. Cuando desenterré unos "abalorios
indios", es decir, fósiles sepultados en la greda, comprendí que la
presencia de los seres humanos se remontaba a muchísimo tiempo atrás. Aprendí el
sagrado arte del adorno personal engalanándome la cabeza con mariposas,
utilizando las luciérnagas como alhajas nocturnas y las ranas verde esmeralda
como pulseras. Una madre loba mató a uno de sus cachorros mortalmente herido;
así me enseñó la dura compasión y la necesidad de permitir que la muerte llegue
a los moribundos. Las peludas orugas que caían de las ramas y volvían a subir
con esfuerzo me enseñaron la virtud de la perseverancia, y su cosquilleo sobre
mi brazo me enseñó cómo cobra vida la piel. El hecho de trepar a las copas de
los árboles me reveló la sensación que el sexo me haría experimentar más
adelante. La generación a la que yo pertenezco, posterior a la Segunda Guerra
Mundial, creció en una época en que a la mujer se la trataba como una niña y
una propiedad. Se la mantenía como un huerto en barbecho... pero, por suerte,
el viento siempre llevaba consigo algunas semillas silvestres. A pesar de que
no se aprobaba lo que escribían, las mujeres seguían trabajando con ahínco. A
pesar de que no se reconocía el menor mérito a lo que pintaban, sus obras
alimentaban el espíritu. Las mujeres tenían que suplicar a fin de conseguir los
instrumentos y los espacios necesarios para su arte y, si no obtenían nada,
hallaban su espacio en los árboles, las cuevas, los bosques y los roperos. El
baile apenas se toleraba en el mejor de los casos, por lo cual ellas bailaban
en el bosque donde nadie podía verlas, o en el sótano, o cuando, salían a sacar
la basura. Su acicalamiento suscitaba recelos. Un cuerpo o un vestido llamativos
aumentaban el peligro de sufrir daños o agresiones sexuales. Ni siquiera podían
considerar suyas las prendas de vestir que llevaban. Era una época en la que
los padres que maltrataban a sus hijos eran llamados simplemente
"severos", en la que las heridas espirituales de las mujeres
tremendamente explotadas se calificaban de "agotamientos nerviosos",
en la que las chicas y las mujeres bien fajadas, refrenadas y abozaladas se
llamaban "buenas" y las hembras que conseguían quitarse el collar
para disfrutar de uno o dos momentos de vida se tachaban de "malas".
Por consiguiente, como otras muchas mujeres antes y después de mí, viví mi vida
como una criatura disfrazada. Tal como habían hecho mis parientes y amigas,
mayores que yo, me contoneaba—tambaleaba sobre zapatos de tacón y me ponía
vestido y sombrero para ir a la iglesia. Pero mi espléndida cola asomaba a
menudo por debajo del dobladillo de la falda y movía tanto las orejas que el
sombrero me caía por lo menos sobre los ojos y, a veces, hasta cruzaba volando
la habitación. No he olvidado la canción de aquellos siniestros años, hambre
del alma, la canción del alma hambrienta. Pero tampoco he olvidado el jubiloso
canto hondo cuyas palabras evocamos cuando nos entregamos a la tarea de la
restauración del alma. Como un sendero del bosque que poco a poco se va
borrando hasta que, al final, se reduce a casi nada, la teoría psicológica
tradicional también se agota demasiado pronto cuando se trata de analizar a la
mujer creativa, talentosa, profunda. La pirología tradicional se muestra a
menudo muy parca o totalmente silenciosa a propósito de las cuestiones más
profundas e importantes para las mujeres: lo arquetípico, lo intuitivo, lo
sexual y lo cíclico, las edades de las mujeres, la manera de actuar de una mujer,
su sabiduría y su fuego creador. Todo cuanto ha guiado durante dos décadas mi
trabajo acerca del arquetipo de la Mujer Salvaje. No se puede abordar la
cuestión del alma femenina moldeando a la mujer de manera que se adapte a una
forma más aceptable según la definición de la cultura que la ignora, y tampoco
se puede doblegar a una mujer con el fin de que adopte una configuración
intelectualmente aceptable para aquellos que afirman ser los portadores
exclusivos del conocimiento. No, eso es lo que ya ha dado lugar a que millones
de mujeres que empezaron siendo unas potencias fuertes y naturales se hayan
convertido en unas extrañas en sus propias culturas. El objetivo tiene que ser
la recuperación de las bellas y naturales formas psíquicas femeninas y la ayuda
a las mismas. Los cuentos de hadas, los mitos y los relatos proporcionan
interpretaciones que aguzan nuestra visión y nos permiten distinguir y
reencontrar el camino trazado por la naturaleza salvaje. Las enseñanzas que
contienen nos infunden confianza: el camino no se ha terminado sino que sigue
conduciendo a las mujeres hacia el conocimiento cada vez más profundo de sí
mismas. Los senderos que todos seguimos son los del Yo instintivo innato y
salvaje. La llamo la Mujer Salvaje porque estas dos palabras en concreto,
"mujer" y "salvaje", son las que crean el llamar o tocar a
la puerta, la mágica llamada a la puerta de la profunda psique femenina. Llamar
o tocar a la puerta significa literalmente tañer el instrumento del nombre para
hacer que se abra una puerta. Significa utilizar unas palabras que dan lugar a
la abertura de un pasadizo. Cualquiera que sea la cultura que haya influido en
una mujer, ésta comprende intuitivamente las palabras "mujer" y
"salvaje". Cuando las mujeres oyen esas palabras, despierta y renace
en ellas un recuerdo antiquísimo. Es el recuerdo de nuestro absoluto, innegable
e irrevocable parentesco con el femenino salvaje, una relación que puede
haberse convertido en fantasmagórica como consecuencia del olvido, haber sido
enterrada por un exceso de domesticación y proscrita por la cultura
circundante, o incluso haberse vuelto ininteligible. Puede que hayamos olvidado
los nombres de la Mujer Salvaje, puede que ya no contestemos cuando ella nos
llama por los nuestros, pero en lo más hondo de nuestro ser la conocemos,
ansiamos acercarnos a ella; sabemos que nos pertenece y que nosotras le
pertenecemos. Nacimos precisamente de esta fundamental, elemental y esencial
relación y de ella derivamos también en esencia. El arquetipo de la Mujer Salvaje
envuelve el ser alfa matrilíneo. Hay veces en que la percibimos, aunque sólo de
manera fugaz, y entonces experimentamos el ardiente deseo de seguir adelante.
Algunas mujeres perciben este vivificante "sabor de lo salvaje"
durante el embarazo, durante la lactancia de los hijos, durante el milagro del
cambio que en ellas se opera cuando crían a un hijo o cuando cuidan una
relación amorosa con el mismo esmero con que se cuida un amado jardín. La
existencia de la Mujer Salvaje también se percibe a través de la visión; a
través de la contemplación de la sublime belleza. Yo la he percibido
contemplando lo que en los bosques llamamos una puesta de sol "de Jesús
Dios". La he sentido en mi interior viendo venir a los pescadores del lago
en el crepúsculo con las linternas encendidas y, asimismo, contemplando los
dedos de los pies de mi hijo recién nacido, alineados como una hilera de maíz
dulce. La vemos donde la vemos, o sea, en todas partes. Viene también a
nosotras a través del sonido; a través de la música que hace vibrar el esternón
y emociona el corazón; viene a través del tambor, del silbido, de la llamada y
del grito. Viene a través de la palabra escrita y hablada; a veces, una
palabra, una frase, un poema o un relato es tan sonoro y tan acertado que nos induce
a recordar, por lo menos durante un instante, de qué materia estamos hechas
realmente y dónde está nuestro verdadero hogar. Estos transitorios
"sabores de lo salvaje" se perciben durante la mística de la
inspiración... ah, aquí está; oh, ya se ha ido. El anhelo que sentimos de la
Mujer Salvaje surge cuando nos tropezamos con alguien que ha conseguido
establecer esta relación indómita. El anhelo aparece cuando una se da cuenta de
que ha dedicado muy poco tiempo a la hoguera mística o a la ensoñación, y demasiado
poco tiempo a la propia vida creativa, a la obra de su vida o a sus verdaderos
amores. Y, sin embargo, son estas fugaces experiencias que se producen tanto a
través de la belleza como de la pérdida las que nos hacen sentir desnudas,
alteradas y ansiosas hasta el extremo de obligarnos a ir en pos de la
naturaleza salvaje. Y llegamos al bosque o al desierto o a una extensión nevada
y nos ponemos a correr como locas, nuestros ojos escudriñan el suelo, aguzamos
el oído, buscando arriba y abajo, buscando una clave, un vestigio, una señal de
que ella sigue viva y de que no hemos perdido nuestra oportunidad. Y, cuando
descubrimos su huella, lo típico es que las mujeres corramos para darle
alcance, dejemos el escritorio, dejemos la relación, vaciemos nuestra mente,
pasemos la página, insistamos en hacer una pausa, quebrantemos las normas y
detengamos el mundo, pues ya no podernos seguir sin ella. Si las mujeres la han
perdido, cuando la vuelvan a encontrar, pugnarán por conservarla para siempre.
Una vez que la hayan recuperado, lucharán con todas sus fuerzas para
conservarla, pues con ella florece su vida creativa; sus relaciones adquieren
significado, profundidad y salud; sus ciclos sexuales, creativos, laborales y
lúdicos se restablecen; ya no son el blanco de las depredaciones de los demás,
y tienen el mismo derecho a crecer y prosperar según las leyes de la
naturaleza. Ahora su cansancio—del—final—de—la—jornada procede de un trabajo y
un esfuerzo satisfactorios, no del hecho de haber estado encerradas en un
esquema mental, una tarea o una relación excesivamente restringidos. Saben
instintivamente cuándo tienen que morir las cosas y cuándo tienen que vivir;
saben cómo alejarse y cómo quedarse. Cuando las mujeres reafirman su relación
con la naturaleza salvaje, adquieren una observadora interna permanente, una
conocedora, una visionaria, un oráculo, una inspiradora, un ser intuitivo, una
hacedora, una creadora, una inventora y una oyente que sugiere y suscita una
vida vibrante en los mundos interior y exterior. Cuando las mujeres están
próximas a esta naturaleza, dicha relación resplandece a través de ellas. Esa
maestra, madre y mentora salvaje sustenta, contra viento y marea, la vida
interior y exterior de las mujeres. Por consiguiente, aquí la palabra "salvaje"
no se utiliza en su sentido peyorativo moderno con el significado de falto de
control sino en su sentido original que significa vivir una existencia natural,
en la que la criatura posee una integridad innata y unos límites saludables.
Las palabras "mujer" y "salvaje" hacen que las mujeres
recuerden quiénes son y qué es lo que se proponen. Personifican la fuerza que
sostiene a todas las mujeres. El arquetipo de la Mujer Salvaje se puede
expresar en otros términos igualmente idóneos. Esta poderosa naturaleza
psicológica se puede llamar naturaleza instintiva, pero la Mujer Salvaje es la
fuerza que se oculta detrás de ella. Se puede llamar psique natural, pero
detrás de ella está también el arquetipo de la Mujer Salvaje. Se puede llamar
la naturaleza innata y fundamental de las mujeres. Se puede llamar la
naturaleza autóctona o intrínseca de las mujeres. En poesía se podría llamar lo
"Otro" o los "siete océanos del universo" o "los
bosques lejanos" o "La Amiga"1. En distintas psicologías y desde
distintas perspectivas quizá se podría llamar el "id", el Yo, la
naturaleza medial. En biología se llamaría la naturaleza típica o fundamental.
Pero, puesto que es tácita, presciente y visceral, entre las cantadoras se la
llama naturaleza sabia o inteligente. A veces se la llama la "mujer que
vive al final del tiempo" o la "que vive en el borde del mundo".
Y esta criatura es siempre una hechicera—creadora o una diosa de la muerte o
una doncella que desciende o cualquier otra personificación. Es al mismo tiempo
amiga y madre de todas las que se han extraviado, de todas las que necesitan
aprender, de todas las que tienen un enigma que resolver, de todas las que
andan vagando y buscando en el bosque y en el desierto. De hecho, en el inconsciente
psicoide —un inefable estrato de la psique, del cual emana este fenómeno— la
Mujer Salvaje es tan inmensa que no tiene nombre. Pero, dado que esta fuerza
engendra todas las facetas importantes de la feminidad, aquí en la tierra se la
denomina con muchos nombres, no sólo para poder examinar la miríada de aspectos
de su naturaleza sino también para aferrarse a ella. Puesto que al principio de
la recuperación de nuestra relación con la Mujer Salvaje, ésta se puede esfumar
en un instante, al darle un nombre podemos crear para ella un ámbito de
pensamiento y sentimiento en nuestro interior. Entonces vendrá y, si la
valoramos, se quedará. Así pues, en español yo la llamo Río bajo el Río; La
Mujer Grande; Luz del Abismo; La Loba o La Huesera. En húngaro se llama Ö,
Erdöben, Ella la de los Bosques, y Rozsomák, el Tejón Hembra. En navajo es
Na’ashjé’ii Asdzáá, La Mujer Araña que teje el destino de los seres humanos y
los animales, las plantas y las rocas. En Guatemala, entre otros muchos
nombres, es Humana de Niebla, el Ser de la Niebla, la mujer que siempre ha
existido. En japonés es Amaterasu Omikami, La Divinidad que trae toda luz y
toda conciencia. En el Tíbet se llama Dakini, la fuerza danzante que otorga
clarividencia a las mujeres. Y la lista de nombres sigue. Ella sigue. La
comprensión de la naturaleza de esta Mujer Salvaje no es una religión sino una
práctica. Es una psicología en su sentido más auténtico: psukhèlpsych, alma;
ology o logos, conocimiento del alma. Sin ella, las mujeres carecen de oídos
para entender el habla del alma o percibir el sonido de sus propios ritmos
internos. Sin ella, una oscura mano cierra los ojos interiores de las mujeres y
buena parte de sus jornadas transcurre en un tedio semiparalizador o en vanas
quimeras. Sin ella, las mujeres pierden la seguridad de su equilibrio
espiritual. Sin ella, olvidan por qué razón están aquí, se agarran cuando sería
mejor que se soltaran. Sin ella, toman demasiado o demasiado poco o nada en
absoluto. Sin ella se quedan mudas cuando, en realidad, están ardiendo. Ella es
la reguladora, el corazón espiritual, idéntico al corazón humano que regula el
cuerpo físico. Cuando perdemos el contacto con la psique instintiva, vivimos en
un estado próximo a la destrucción, y las imágenes y facultades propias de lo
femenino no se pueden desarrollar plenamente. Cuando una mujer se aparta de su
fuente básica, queda esterilizada, pierde sus instintos y sus ciclos vitales
naturales y éstos son subsumidos por la cultura o por el intelecto o el ego, ya
sea el propio o el de los demás. La Mujer Salvaje es la salud de todas las
mujeres. Sin ella, la psicología femenina carece de sentido. La mujer salvaje
es la mujer prototípica; cualquiera que sea la cultura, cualquiera que sea la
época, cualquiera que sea la política, ella no cambia. Cambian sus ciclos,
cambian sus representaciones simbólicas, pero en esencia ella no cambia. Es lo
que es y ella es un todo. Se canaliza a través de las mujeres. Si éstas están
aplastadas, ella las empuja hacia arriba. Si las mujeres son libres, ella
también lo es. Afortunadamente, cuantas veces la hacen retroceder, ella vuelve
a saltar hacia delante. Por mucho que se la prohíba, reprima, constriña,
diluya, torture, hostigue y se la tache de insegura, peligrosa, loca y otros
epítetos, ella vuelve a aflorar en las mujeres, de tal manera que hasta la
mujer más reposada y la más comedida guarda un lugar secreto para ella. Hasta
la mujer más reprimida tiene una vida secreta con pensamientos y sentimientos
secretos lujuriosos y salvajes, es decir, naturales. Hasta la mujer más cautiva
conserva el lugar de su yo salvaje, pues sabe instintivamente que algún día
habrá un resquicio, una abertura, una ocasión y ella la aprovechará para huir.
Creo que todas las mujeres y todos los hombres han nacido con ciertos dones.
Sin embargo, poco esfuerzo se ha dedicado en realidad a describir las vidas y
los hábitos psicológicos de las mujeres inteligentes, talentosas y creativas.
En cambio, se ha escrito mucho acerca de las debilidades y las flaquezas de los
seres humanos en general y de las mujeres en particular. Pero, en el caso de la
Mujer Salvaje como arquetipo, a fin de comprenderla, captarla y aprovechar lo
que ella nos ofrece, debemos interesarnos más por los pensamientos, los
sentimientos y los esfuerzos que fortalecen a las mujeres y debemos tener en
cuenta los factores interiores y culturales que las debilitan. En general, si
entendemos la naturaleza salvaje como un ser por derecho propio que anima y
conforma la más profunda existencia de una mujer, podremos empezar a
desarrollarnos de una manera que jamás se hubiera creído posible. Una
psicología que no consiga dirigirse a este ser espiritual innato que habita en
el centro de la psicología femenina no les sirve para nada a las mujeres y no
les servirá tampoco a sus hijas ni a las hijas de sus hijas a lo largo de
muchas generaciones por línea materna. Por consiguiente, para poder aplicar una
buena medicina a las partes enfermas de la psique salvaje, para poder corregir
la relación con el arquetipo de la Mujer Salvaje, hay que identificar convenientemente
los trastornos de la psique. Aunque en la profesión clínica disponemos de un
buen manual estadístico diagnóstico y una considerable cantidad de diagnósticos
diferenciales así como de parámetros psicoanalíticos que definen las
psicopatías a través de la organización (o ausencia de ella) de la psique
objetiva y del eje ego—Yo 2, hay otras conductas y otros sentimientos
definitorios que, desde el marco de referencia de una mujer, describen con
enorme fuerza lo que ocurre. ¿Cuáles son algunos de los síntomas emocionales de
una ruptura de la relación con la fuerza salvaje de la psique? Sentir, pensar o
actuar crónicamente de alguna de las maneras que a continuación se describen es
haber cortado parcialmente o haber perdido por entero la relación con la psique
instintiva más profunda. Utilizando un lenguaje exclusivamente femenino, dichos
síntomas son: sentirse extremadamente seca, fatigada, frágil, deprimida,
confusa, amordazada, abozalada, apática hasta el extremo. Sentirse asustada,
lisiada o débil, falta de inspiración, animación, espiritualidad o significado,
avergonzada, crónicamente irritada, voluble, atascada, carente de creatividad,
comprimida, enloquecida. Sentirse impotente, crónicamente dubitativa,
temblorosa, bloqueada, e incapaz de seguir adelante, ceder la propia vida
creativa a los demás, hacer elecciones que desgastan la vida al margen de los
propios ciclos, sobreproteger el yo, sentirse inerte, insegura, vacilante e
incapaz de controlar el propio ritmo o de imponerse límites. No empeñarse en
seguir el propio ritmo, sentirse cohibida, lejos del propio Dios o de los
propios dioses, estar separada de la propia revivificación, arrastrada hacia la
domesticidad, el intelectualismo, el trabajo o la inercia por ser éste el lugar
más seguro para alguien que ha perdido sus instintos. Temor a aventurarse en
solitario o revelarse, temor a buscar un mentor, una madre 0 un padre, temor a
presentar un trabajo hasta que no se ha conseguido la perfección absoluta,
temor a emprender un viaje, temor a interesarse por otro o por otros, temor a
seguir adelante, huir o venirse abajo, rebajarse ante la autoridad, perder la
energía en presencia de proyectos creativos, sentir encogimiento, humillación,
angustia, entumecimiento, ansiedad. Temor a reaccionar con agresividad cuando
ya no queda nada más que hacer; temer probar cosas nuevas, enfrentarse con
desafíos, hablar claro, oponerse; sentir náuseas, mareos, acidez estomacal,
sentirse como cortada por la mitad o asfixiada; mostrarse conciliadora o
excesivamente amable, vengarse. Temor a detenerse o a actuar, contar
repetidamente hasta tres sin decidirse a empezar, tener complejo de
superioridad, ambivalencia y, sin embargo, estar totalmente capacitada para
obrar a pleno rendimiento. Estas rupturas no son una enfermedad de una era o un
siglo sino que se convierten en una epidemia en cualquier lugar y momento en
que las mujeres estén cautivas, en todas las ocasiones en que la naturaleza
salvaje haya caído en una trampa. Una mujer sana se parece mucho a una loba:
robusta, colmada, tan poderosa como la fuerza vital, dadora de vida, conciente
de su propio territorio, ingeniosa, leal, en constante movimiento. En cambio,
la separación de la naturaleza salvaje provoca que la personalidad de una mujer
adelgace, se debilite y adquiera un carácter espectral y fantasmagórico. no
estamos hechas para ser unas criaturas enclenques de cabello frágil, incapaces
de pegar un salto, de perseguir, dar a luz y crear una vida. Cuando las vidas
de las mujeres se quedan estancadas o se llenan de aburrimiento, es hora de que
emerja la mujer salvaje; es hora de que la función creadora de la psique inunde
el delta. ¿Cómo influye la Mujer Salvaje en las mujeres? Teniéndola a ella por
aliada, jefa, modelo —y maestra, vemos no a través de dos ojos sino a través de
los ojos de la intuición, que tiene muchos. Cuando afirmamos nuestra intuición
somos como la noche estrellada: contemplamos el mundo a través de miles de
ojos. La naturaleza salvaje acarrea consigo los fardos de la curación; lleva
todo lo que una mujer necesita para ser y saber. Lleva la medicina para todas
las cosas. Lleva relatos y sueños, palabras, cantos, signos y símbolos. Es al
mismo tiempo el vehículo y el destino. Unirse a la naturaleza instintiva no
significa deshacerse, cambiarlo todo de derecha a izquierda, del blanco al
negro, trasladarse del este al oeste, comportarse como una loca o sin control.
No significa perder las relaciones propias de una vida en sociedad o
convertirse en un ser menos humano. Significa justo lo contrario, ya que la
naturaleza salvaje posee una enorme integridad. Significa establecer un
territorio, encontrar la propia manada, estar en el propio cuerpo con certeza y
orgullo, cualesquiera que sean los dones y las limitaciones físicas, hablar y
actuar en nombre propio, ser consciente y estar en guardia, echar mano de las
innatas facultades femeninas de la intuición y la percepción, recuperar los
propios ciclos, descubrir qué lugar le corresponde a una, levantarse con
dignidad y conservar la mayor conciencia posible. El arquetipo de la Mujer
Salvaje y todo lo que ésta representa es la patrona de todos los Pintores,
escritores, escultores, bailarines, pensadores, inventores de plegarias,
buscadores, descubridores, pues todos ellos se dedican a la tarea de la invención
y ésta es la principal ocupación de la naturaleza instintiva. Como todo arte,
reside en las entrañas, no en la cabeza. Puede rastrear y correr, convocar y
repeler. Puede percibir, camuflarse y amar profundamente. Es intuitiva, típica
y respetuosa con las normas. Es absolutamente esencial para la salud mental y
espiritual de las mujeres. Por consiguiente, ¿qué es la Mujer Salvaje? Desde el
punto de vista de la psicología arquetípica y también de las antiguas
tradiciones, ella es el alma femenina. Pero es algo más; es el origen de lo
femenino. Es todo lo que pertenece al instinto, a los mundos visibles y
ocultos... es la base. Todas recibimos de ella una resplandeciente célula que
contiene todos los instintos y los saberes necesarios para nuestras vidas.
"... Es la fuerza Vida/Muerte/Vida, es la incubadora. Es la intuición, es
la visionaria, la que sabe escuchar, es el corazón leal. Anima a los seres
humanos a ser multilingües; a hablar con fluidez los idiomas de los sueños, la
pasión y la poesía. Habla en susurros desde los sueños nocturnos, deja en el
territorio del alma de una mujer un áspero pelaje y unas huellas llenas de
barro. Y ello hace que las mujeres ansíen encontrarla, liberarla y amarla.
"Es todo un conjunto de ideas, sentimientos, impulsos y recuerdos. Ha
estado perdida y medio olvidada durante muchísimo tiempo. Es la fuente, la luz,
la noche, la oscuridad, el amanecer. Es el olor del buen barro y la pata
trasera de la raposa. Los pájaros que nos cuentan los secretos le pertenecen.
Es la voz que dice: "Por aquí, por aquí." "Es la que protesta a
voces contra la injusticia. Es la que gira como una inmensa rueda. Es la
hacedora de ciclos. Es aquella por cuya búsqueda dejamos nuestro hogar. Es el
hogar al que regresamos. Es la lodosa raíz de todas las mujeres. Es todas las
cosas que nos inducen a seguir adelante cuando pensamos que estamos acabadas.
Es la incubadora de las pequeñas ideas sin pulir y de los pactos. Es la mente
que nos piensa; nosotras somos los pensamientos que ella piensa. "¿Dónde
está? ¿Dónde la sientes, dónde la encuentras? Camina por los desiertos, los
bosques, los océanos, las ciudades, los barrios y los castillos. Vive entre las
reinas y las campesinas, en la habitación de la casa de huéspedes, en la
fábrica, en la cárcel, en las montañas de la soledad. Vive en el gueto, en la
universidad y en las calles. Nos deja sus huellas para que pongamos los pies en
ellas. Deja huellas dondequiera que haya una mujer que es tierra fértil.
"¿Dónde vive? En el fondo del pozo, en las fuentes, en el éter anterior al
tiempo. Vive en la lágrima y en el océano, en la savia de los árboles.
Pertenece al futuro y al principio del tiempo. Vive en el pasado y nosotras la
llamamos. Está en el presente y se sienta a nuestra mesa, está detrás de
nosotras cuando hacemos cola y conduce por delante de nosotras en la carretera.
Está en el futuro y retrocede en el tiempo para encontrarnos. "Vive en el
verdor que asoma a través de la nieve, vive en los crujientes tallos del
moribundo maíz de otoño, vive donde vienen los muertos a por un beso y en el
lugar al que los vivos envían sus oraciones. Vive en donde se crea el lenguaje.
Vive en la poesía, la percusión y el canto. Vive en las negras y en las
apoyaturas y también en una cantata, en una sextina y en el blues. Es el
momento que precede al estallido de la inspiración. Vive en un lejano lugar que
se abre paso hasta nuestro mundo. "La gente podría pedir una demostración
o una prueba de su existencia. Pero lo que pide esencialmente es una prueba de
la existencia de la psique. Y, puesto que nosotras somos la psique, también
somos la prueba. Todas y cada una de nosotras somos la prueba no sólo de la
existencia de la Mujer Salvaje sino también de su condición en la comunidad.
Nosotras somos la prueba de este inefable numen femenino. Nuestra existencia es
paralela a la suya. "Las experiencias que nosotras tenernos de ella,
dentro y fuera, son las pruebas. Nuestros miles de millones de encuentros
intrapsíquicos con ella a través de nuestros sueños nocturnos y nuestros pensamientos
diurnos, a través de nuestros anhelos y nuestras inspiraciones, nos lo
demuestran. El hecho de que nos sintamos desoladas en su ausencia y que la
echemos de menos y anhelemos su presencia cuando estamos separadas de ella es
una manifestación de que ella ha pasado por aquí..."
Hice el doctorado en psicología
etnoclínica, que es el estudio tanto de la psicología clínica como de la
etnología, esta última centrada sobre todo en el estudio de la psicología de
los grupos y de las tribus en particular. Obtuve un diploma en psicología
analítica, que es el que me califica como psicoanalista junguiana. Mi
experiencia vital como cantadora/mesemondó, poeta y artista me inspira también
en mi trabajo con las personas que se someten a psicoanálisis. A veces me preguntan
qué hago en mi consulta para ayudar a las mujeres a recuperar su naturaleza
salvaje. Doy mucha importancia a la psicología clínica y la psicología del
desarrollo y para curar utilizo el ingrediente más sencillo y accesible: los
relatos. Examinamos el material de los sueños de la paciente, que contiene
muchos argumentos y narraciones. Las sensaciones físicas y los recuerdos
corporales de la paciente también son relatos que se pueden leer y llevar a la
conciencia. Enseño además una modalidad de poderoso trance interactivo muy
parecido a la imaginación activa de Jung... lo cual da lugar también a unos
relatos que contribuyen a aclarar el viaje psíquico de la paciente. Hacemos
aflorar a la superficie el Yo salvaje por medio de preguntas concretas y del examen
de cuentos, leyendas y mitos. La mayoría de las veces, tras un tiempo, acabamos
por encontrar el mito o el cuento de hadas que contiene toda la instrucción que
necesita una mujer para su desarrollo psicológico. Estas historias contienen el
drama espiritual de una mujer. Es algo así como una obra teatral con
instrucciones escénicas, representación y atrezo. El "oficio de
hacer" constituye una parte importante de mi trabajo. Trato de conferir
fuerza a mis pacientes, enseñándoles los antiquísimos oficios manuales... entre
ellos, las artes simbólicas de la creación de talismanes, las ofrendas y los
retablos, que pueden ser cualquier cosa, desde unos simples palillos envueltos
en cintas hasta una complicada escultura. El arte es importante, pues evoca las
estaciones del alma o algún acontecimiento especial o trágico del viaje del
alma. El arte no es sólo para una misma, no es un jalón en la propia
comprensión. Es también un mapa para las generaciones venideras. Como es
natural, el trabajo con cada paciente se realiza de forma Personalizada, pues
no cabe duda de que cada persona es distinta. Pero en mi trabajo con las
pacientes estos factores son siempre los mismos y constituyen el fundamento del
trabajo de todos los seres humanos que los han precedido, de mi propio trabajo
y también del vuestro. El arte de las preguntas, el arte de los cuentos, el
arte manual, son todos producto de algo y este algo es el alma. Cada vez que
alimentamos el alma, garantizamos su desarrollo. Espero que se percaten de que
ésos son medios tangibles para suavizar antiguas cicatrices, sanar viejas
heridas y enfocar de otro modo las cosas y de que, al recuperar los oficios
añejos, se consigue, de una manera práctica, hacer visible el alma. Los cuentos
que aquí reproduzco para explicar la naturaleza instintiva de las mujeres son
en algunos casos relatos originales y, en otros casos, versiones literarias
distintas que yo he escrito, basándome en los relatos que me contaron mis tíos
y tías, abuelitas y abuelos, omahs y opahs, los mayores de mi familia cuyas
tradiciones orales se vienen transmitiendo ininterrumpidamente desde tiempos
inmemoriales. Algunos son documentos escritos de mis encuentros directos, otros
son de tiempos pasados y todos nacen del corazón. Los expongo con todos los
detalles y en toda su arquetípica integridad. Y los presento con el permiso y
la bendición de tres generaciones vivas de narradores de cuentos de mi familia
que comprenden las sutilezas y las exigencias de los cuentos entendidos como
fenó- menos curativos 4. Añado algunas de las preguntas que planteo a mis
pacientes y a otras personas a las que ofrezco mis consejos para que consigan
recordarse a sí mismas. Detallo también para los lectores algunos de los
métodos: el hábil y experto juego con el cual las mujeres consiguen retener el
numen de su tarea en la memoria consciente. Todas estas cosas contribuyen a
favorecer la convergencia con el valioso Yo salvaje. Los cuentos son una
medicina. Me sentí fascinada por ellos desde que escuché el primero. Tienen un
poder extraordinario; no exigen que hagamos, seamos o pongamos en práctica
algo: basta con que escuchemos. Los cuentos contienen los remedios para reparar
o recuperar cualquier pulsión perdida. Los cuentos engendran emociones,
tristeza, preguntas, anhelos y comprensiones que hacen aflorar espontáneamente
a la superficie el arquetipo, en este caso, la Mujer Salvaje. Los cuentos están
repletos de instrucciones que nos guían en medio de las complejidades de la
vida. Los cuentos nos permiten comprender la necesidad de recobrar un arquetipo
sumergido y los medios para hacerlo. Los cuentos de las páginas siguientes son,
de entre los centenares que he estudiado y con los que he trabajado a lo largo
de varias décadas, los que, a mi juicio, más claramente expresan la riqueza del
arquetipo de la Mujer Salvaje. A veces, varias capas culturales desdibujan los
núcleos de los cuentos. Por ejemplo, en el caso de los hermanos Grimm (entre
otros recopiladores de cuentos de hadas de los últimos siglos), hay poderosas
sospechas de que sus confidentes (narradores de cuentos) de aquella época
"purificaron" los relatos para no herir la susceptibilidad de los
piadosos hermanos. A lo largo del tiempo, se superpusieron a los viejos
símbolos paganos otros de carácter cristiano, de tal forma que el viejo
curandero de un cuento se convirtió en una perversa bruja, un espíritu se
transformó en un ángel, un velo de iniciación en un pañuelo o una niña llamada
Bella (el nombre habitual de una criatura nacida durante el solsticio de
verano) se rebautizó con el nombre de Schmerzenreich, Apenada. Los elementos
sexuales se eliminaban. Las amables criaturas y animales se transmutaban a
menudo en demonios y cocos. De esta manera se perdieron muchos relatos
didácticos sobre el sexo, el amor, el dinero, el matrimonio, el nacimiento, la
muerte y la transformación. De esta manera se borraron también los cuentos de
hadas y los mitos que explican los antiguos misterios de las mujeres. Casi
todas las viejas colecciones de cuentos de hadas y mitos que hoy en día se conservan
se han expurgado de todo lo escatológico, lo sexual, lo perverso (incluso las
advertencias contra todas estas cosas), lo precristiano, lo femenino, las
diosas, los ritos de iniciación, los remedios para los distintos trastornos
psicológicos y las instrucciones para los arrobamientos espirituales. Pero no
se han perdido para siempre. De niña escuché lo que me consta que son temas
íntegros y sin retoque de antiguas historias, muchos de los cuales se incluyen
en este libro. No obstante, hasta los fragmentos de relatos en su forma actual
pueden contener todo el conjunto de la historia. He rebuscado un poco en lo que
denomino en broma la medicina forense y la palcomitología de los cuentos de
hadas, por más que la reconstrucción sea esencialmente una tarea larga,
complicada y contemplativa. En pro de la efectividad, utilizo varías formas de
exégesis, comparando los leitmotifs, considerando deducciones antropológicas e
históricas y formas tanto nuevas como antiguas. Trato de reconstruir los
relatos a partir de antiguas pautas arquetípicas aprendidas en mis estudios de
psicología analítica y arquetípica, una disciplina que preserva y estudia todos
los temas y argumentos de los cuentos de hadas, las leyendas y los mitos para
poder entender las vidas instintivas de los seres humanos. Para ello me
resultan útiles los patrones subyacentes en los mundos imaginarios, las
imágenes colectivas del inconsciente y las que aparecen en los sueños y en los
estados de conciencia no ordinarios. Y para redondear la tarea con un toque más
vistoso comparo las matrices de los relatos con los restos arqueológicos de las
antiguas culturas, tales como objetos rituales de alfarería, máscaras y
figurillas. Con pocas palabras y utilizando una locución típica de los cuentos
de hadas, me he pasado mucho tiempo hozando las cenizas. Llevo unos veinticinco
años estudiando las pautas arquetípicas y el doble de años estudiando los
mitos, los cuentos de hadas y el folclore de mis culturas familiares. He
adquirido un vasto cuerpo de conocimientos acerca de la osamenta de los relatos
y sé cuándo falta algún hueso en una historia. A lo largo de los siglos, las
conquistas de naciones por parte de otras naciones y las conversiones
religiosas tanto pacíficas como forzosas han cubierto o alterado el núcleo
original de los antiguos relatos. Pero hay una buena noticia. A pesar de las
ruinas estructurales que se observan en las versiones existentes de los
cuentos, existe una pauta muy definida que sigue brillando con fuerza. A través
de la forma y la configuración de los distintos fragmentos y las distintas
partes, se puede establecer con una considerable precisión qué se ha perdido en
un relato y reconstruir cuidadosamente las piezas que faltan; lo que permite a
menudo descubrir unas sorprendentes subestructuras que alivian en cierto modo
el pesar de las mujeres por la destrucción de los antiguos misterios. Los
antiguos misterios no se han destruido. Todo lo que se necesita, todo lo que
podríamos necesitar en algún momento, nos sigue hablando todavía en susurros
desde los huesos de los relatos. Recoger la esencia de los relatos constituye
una tarea dura y metódica de paleontólogo. Cuantos más huesos contenga la
historia, tanto más probable será encontrar su estructura integral. Cuanto más
enteros estén los relatos, más sutiles serán los giros y vueltas de la psique
que advirtamos y tantas más oportunidades tendremos de captar y evocar nuestro
trabajo espiritual. Cuando trabajamos el alma, ella, la Mujer Salvaje, crea una
mayor cantidad de sí misma. De niña tuve la suerte de estar rodeada de personas
de muchos antiguos países europeos y también de México. Muchos miembros de mi
familia, mis vecinos y amigos, acababan de llegar de Hungría, Alemania,
Rumania, Bulgaria, Yugoslavia, Polonia, Checoslovaquia, Serbo—Croacia, Rusia,
Lituania y Bohemia, y también de Jalisco, Michoacán, Juárez y de muchas de las
aldeas fronterizas de México/Texas/Arizona. Ellos y muchos otros —nativos
americanos, gente de los Apalaches, inmigrantes asiáticos y muchas familias
afroamericanas del sur— habían llegado para trabajar en los cultivos y las
cosechas, en los fosos ceniceros de las fábricas, las acerías, las cervecerías
y las tareas domésticas. En su inmensa mayoría no eran personas instruidas en
el sentido académico, pero, aun así, eran profundamente sabios. Eran los
portadores de una valiosa y casi pura tradición oral. Muchos miembros de mí
familia y muchos de los vecinos que me rodeaban habían sobrevivido a los campos
de trabajos forzados, de personas desplazadas, de deportación y de concentración,
donde los narradores de cuentos que había entre ellos habían vivido una versión
de pesadilla de Sherezade. Muchos habían sido despojados de las tierras de su
familia, habían vivido en cárceles de inmigración, habían sido repatriados en
contra de su voluntad. De aquellos rústicos contadores de historias aprendí por
primera vez las historias que cuentan las personas cuando la vida es
susceptible de convertirse en muerte y la muerte en vida en cuestión de un
momento. El hecho de que sus relatos estuvieran tan llenos de sufrimiento y
esperanza hizo que, cuando crecí lo bastante como para poder leer los cuentos
de hadas en letra impresa, éstos me parecieran curiosamente almidonados y
planchados en comparación con aquellos. En mi primera juventud, emigré al oeste
hacia las Montañas Rocosas. Viví entre afectuosos extranjeros judíos,
irlandeses, griegos, italianos, afroamericanos y alsacianos que se convirtieron
en amigos y almas gemelas. He tenido la suerte de conocer a algunas de las
insólitas y antiguas comunidades latinoamericanas del sudoeste de Estados
Unidos como los trampas y los truchas de Nuevo México. Tuve la suerte de pasar
algún tiempo con amigos y parientes americanos nativos, desde los inuit del
norte, pasando por los pueblos y los plains del oeste, los nahuas, lacandones,
tehuanas, huicholes, seris, maya—quichés, maya— cakchiqueles, mesquitos, cunas,
nasca/quechuas y jíbaros de Centroamérica y Sudamérica. He intercambiado
relatos con hermanas y hermanos sanadores alrededor de mesas de cocina y bajo
los emparrados, en corrales de gallinas y establos de vacas, haciendo
tortillas, siguiendo las huellas de los animales salvajes y cosiendo el
millonésimo punto de cruz. He tenido la suerte de compartir el último cuenco de
chile, de cantar con mujeres el gospel para despertar a los muertos y de dormir
bajo las estrellas en casas sin techumbre. Me he sentado alrededor de la lumbre
o a cenar o ambas cosas a la vez en Little Italy, Polish Town, Hill Country,
los Barrios y otras comunidades étnicas de todo el Medio Oeste y el Lejano
Oeste urbano y, más recientemente, he intercambiado relatos sobre los sparats,
los fantasmas malos, con amigos griots de las Bahamas. He tenido la inmensa
suerte de que dondequiera que fuera los niños, las matronas, los hombres en la
flor de la edad, los pobres tontos y las viejas brujas —los artistas del
espíritu— salieran de sus bosques, selvas, prados y dunas para deleitarme con
sus graznidos y sus kavels. Y yo a ellos con los míos. Hay muchas maneras de
abordar los cuentos. El folclorista profesional, el junguiano, el freudiano o
cualquier otra clase de analista, el etriólogo, el antropó- logo, el teólogo,
el arqueólogo, tiene cada uno su método, tanto en la recopilación de los
relatos como en el uso a que se destinen. Intelectualmente, mi manera de
trabajar con los cuentos derivó de mis estudios de psicología analítica y
arquetí- pica. Durante más de media década de mi formación psicoanalítica,
estudié la ampliación de los leitmotifs, la simbología arquetípica, la mitología
mundial, la iconología antigua y popular, la etnología, las religiones
mundiales y la interpretación de las fábulas. Visceralmente, sin embargo,
abordo los relatos como una cantadora, una guardiana de antiguas historias.
Procedo de una larga estirpe de narradores: las mesemondók, las ancianas
húngaras capaces de contar historias, tanto sentadas en sillas de madera con
sus monederos de plástico sobre el regazo, las rodillas separadas y la falda
rozando el suelo, como ocupadas en la tarea de retorcerle el cuello a una
gallina... y las cuentistas, las ancianas latinoamericanas de exuberante busto
y anchas caderas que permanecen de pie y narran a gritos la historia como si
cantaran una ranchera. Ambos clanes cuentan historias con la voz clara de las
mujeres que han vivido sangre y niños, pan y huesos. Para ellas, el cuento es
una medicina que fortalece y endereza al individuo y la comunidad. Los que han
asumido las responsabilidades de este arte y se entregan al numen que se oculta
detrás de él son descendientes directos de una inmensa y antigua comunidad de
santos, trovadores, bardos, griots, cantadoras, cantores, poetas ambulantes,
vagabundos, brujas y chiflados. Una vez soñé que estaba narrando cuentos y
sentí que alguien me palmeaba el pie para darme ánimos. Bajé los ojos y vi que
estaba de pie sobre los hombros de una anciana que me sujetaba por los tobillos
y, con la cabeza levantada hacia mí, me miraba sonriendo. —No, no —le dije—,
súbete tú a mis hombros, pues eres vieja y yo soy joven. —No, no —contestó
ella—, así tiene que ser. Entonces vi que la anciana se encontraba de pie sobre
los hombros de otra mujer mucho más vieja que ella, quien estaba encaramada a
los hombros de una mujer vestida con una túnica, subida a su vez sobre los
hombros de otra persona, la cual permanecía de pie sobre los hombros... Y creí
que era cierto lo que me había dicho la vieja del sueño de que así tenía que
ser. El alimento para la narración de cuentos procede del poder y las aptitudes
de las personas que me han precedido. Según mi experiencia, el momento más
significativo del relato extrae su fuerza de una elevada columna de seres
humanos unidos entre sí a través del tiempo y el espacio, esmeradamente
vestidos con los harapos, los ropajes o la desnudez de su época y llenos a rebosar
de una vida que todavía se sigue viviendo. Si es única la fuente y único el
numen de los cuentos, todo se halla en esta larga cadena de seres humanos, El
cuento es muchísimo más antiguo que el arte y la ciencia de la psicología y
siempre será el más antiguo de la ecuación, por mucho tiempo que pase. Una de
las modalidades más antiguas de narración, que a mí me intriga enormemente, es
el apasionado estado de trance, en el que la narradora "percibe" a su
público —que puede ser una sola persona o muchas— y entra en un estado de
"mundo en medio de otros mundos", en el que un relato es
"atraído" hacia la narradora y contado a través de ella. Una
narradora en estado de trance invoca al duende 5, el viento que sopla sobre el
rostro de los oyentes y les infunde espíritu. Una narradora en estado de trance
aprende a desdoblarse psíquicamente a través de la práctica meditativa de un
relato, es decir, aprendiendo a abrir ciertas puertas psíquicas y rendijas del
ego para permitir que hable la voz, una voz más antigua que las piedras. Una
vez hecho esto, el relato puede seguir cualquier camino, se puede cambiar de
arriba abajo, llenar de gachas de avena y destinarlo al festín de un
menesteroso, colmar de oro, o puede perseguir al oyente hasta el siguiente
mundo. El narrador nunca sabe qué le saldrá y en eso consiste por lo menos la
mitad de la conmovedora magia del relato. Éste es un libro de relatos sobre las
modalidades del arquetipo de la Mujer Salvaje. Intentar representarla por medio
de esquemas o cuadricular su vida psíquica sería contrario a su espíritu.
Conocerla es un trabajo continuo, que dura toda la vida. He aquí por tanto unos
relatos que se pueden utilizar como vitaminas del alma, unas observaciones,
unos fragmentos de mapas, unos trocitos de resina que adherir a los troncos de
los árboles, unas plumas que marquen el camino, y unos matorrales que servirán
de guía hacia el mundo subterráneo, nuestro hogar psíquico. Los cuentos ponen
en marcha la vida interior, y eso reviste especial importancia cuando la vida
interior está amedrentada, encajonada o acorralada. El cuento engrasa los
montacargas y las poleas, estimula la adrenalina, nos muestra la manera de
salir, ya sea por arriba o por abajo y, en premio a nuestro esfuerzo, nos abre
unas anchas y cómodas puertas donde antes no habla más que paredes en blanco,
unas puertas que nos conducen al país de los sueños, al amor y a la sabiduría y
nos llevan de vuelta a nuestra auténtica vida de mujeres sabias y salvajes. Los
cuentos como "Barba Azul" nos enseñan lo que hay que hacer con las
heridas femeninas que no dejan de sangrar. Los cuentos como "La Mujer
Esqueleto" nos muestran el poder místico de la relación y de qué manera el
sentimiento adormecido puede revivir y convertirse en un profundo afecto. Los
dones de la Vieja Muerte están presentes en el personaje de Baba Yagá, la vieja
Bruja Salvaje. En "Vasalisa la Sabia" 6, la muñequita que indica el
camino cuando todo parece perdido vuelve a practicar una de las artes femeninas
instintivas hoy en día olvidadas. Los cuentos como "La Loba", una
huesera del desierto, nos muestran la función transformadora de la psique.
"La doncella manca" recupera las fases perdidas de los viejos ritos
de iniciación de los tiempos antiguos y, como tal, constituye una guía perenne
para todos los años de la vida de una mujer. Nuestro contacto con la naturaleza
salvaje nos impulsa a no limitar nuestras conversaciones a los seres humanos,
ni nuestros movimientos más espléndidos a las pistas de baile, ni nuestros
oídos sólo a la música de los instrumentos creados por la mano del hombre, ni
nuestros ojos a la belleza "que nos ha sido enseñada", ni nuestro
cuerpo a las sensaciones autorizadas, ni nuestra mente a aquellas cosas sobre
las cuales ya estamos todos de acuerdo. Todos estos cuentos presentan el filo
de la interpretación, la llama de la vida apasionada, el aliento para hablar de
lo que una sabe, el valor de resistir lo que una ve sin apartar la mirada, la
fragancia del alma salvaje. Éste es un libro de cuentos de mujeres que se
ofrecen como señales a lo largo del camino. Puedes leerlos y meditarlos a fin
de que te guíen hacia la libertad adquirida por medios naturales, hacia el
interés por ti misma, los animales, la tierra, los niños, las hermanas, los
amantes y los hombres. Quiero decirte de entrada que las puertas que conducen
al mundo del Yo salvaje son pocas pero valiosas. Si tienes una profunda herida,
eso es una puerta; si tienes un cuento muy antiguo, eso es una puerta. Si amas
el cielo y el agua hasta el extremo de casi no poder resistirlo, eso es una
puerta. Si ansías una vida más profunda, colmada y sensata, eso es una puerta.
El material de este libro se eligió con el propósito de darte ánimos. La obra
pretende ser un reconstituyente tanto para las que ya están en camino, incluyendo
las que avanzan penosamente por difíciles paisajes interiores, como para las
que luchan en el mundo y por el mundo. Tenemos que esforzarnos para que
nuestras almas crezcan de forma natural y alcancen sus profundidades naturales.
La naturaleza salvaje no exige que una mujer sea de un determinado color, tenga
una determinada educación y un determinado estilo de vida o pertenezca a una
determinada clase económica... De hecho, no puede desarrollarse en una
atmósfera de obligada corrección política ni puede ser doblada para que encaje
en unos moldes caducos. Se desarrolla con la mirada pura y la honradez
personal. Se desarrolla con su propia manera de ser. Por consiguiente, tanto si
eres introvertida como si eres extrovertida, una mujer amante de la mujer, una
mujer amante del hombre o una mujer amante de Dios o las tres cosas a la vez,
tanto si tienes un corazón sencillo como si eres tan ambiciosa como una
amazona, tanto Si quieres llegar a la cima como si te basta con seguir tirando
hasta mañana, tanto si eres alegre como si eres de temperamento melancólico,
tanto si eres espléndida como si eres desconsiderada, la Mujer Salvaje te
pertenece. Pertenece a todas las mujeres. Para encontrarla, las mujeres deben
regresar a sus vidas instintivas, a sus más profundos conocimientos 7. Por
consiguiente, pongámonos en marcha ahora mismo y volvamos a recordar nuestra
alma salvaje. Dejemos que su carne vuelva a cantar en nuestros huesos.
Despojémonos de todos los falsos mantos que nos han dado. Cubrámonos con el
verdadero manto del poderoso instinto y la sabiduría. Penetremos en los
territorios psíquicos que antaño nos pertenecieron. Desenrollemos las vendas,
preparemos la medicina. Regresemos ahora mismo como mujeres salvajes que
aúllan, se ríen y cantan las alabanzas de Aquella que tanto nos ama. Para
nosotras la elección no ofrece duda. Sin nosotras, la Mujer Salvaje se muere.
Sin la Mujer Salvaje, nos morimos nosotras. Para la Vida, para la verdadera
vida, ambas tenemos que vivir.
Andamiaje Literario
Escribe cuál es tu
animal doméstico preferido: ________________________
Ahora, cuál es tu
animal salvaje preferido: ___________________________
Por último escribe
cuál es tu animal favorito: _________________________
Con qué relacionas la palabra “Salvaje”, ¿con qué otros conceptos la
asociarías?
Escribe uno: ________________________
Intenta escribir un relato acerca de tu niñez salvaje. Así como la autora
del libro nos escribe cómo fue su niñez, centra tu atención en un momento
especial de tu infancia o en el recuento de memorias de tu infancia, tienes
como mínimo una cuartilla en escritura automática, con ello queremos decir que
no hay autocensura, simplemente escribe acerca de la niña que fuiste, la niña
que te habita quizás aún, todavía…
[1] * Las palabras y expresiones
castellanas en cursiva figuran en este idioma en el original. (N. de la T.)

Ummæli
Skrifa ummæli
hojas al viento