La música de los árboles a través del tiempo (cuento inédito)
El
antiguo reloj en el andén marcaba las 3:00 am. Sus ojos adormilados parpadearon,
el tren había llegado a su destino. Una espesa neblina empañaba el brillo ámbar
de las farolas y cubría por completo el cielo de una olvidada noche de luna
llena. La gente del pueblo dormía entre densas cobijas de nubes. Sólo las
chicharras mantenían junto a los grillos un ritmo de vida entre las sombras. Se
llevó los puños a los ojos, respiró profundo y reconoció el suave silencio de
calles angostas, desiertas y húmedas, salidas de un cuento imaginario, tal como
salió él.
Apenas otoño. El mundo era un
vitral ocre que traspasaba una luz sepia, añeja; con respirar aquella luz ya
estabas de nuevo en los años treinta. Al atardecer, incluso al anochecer -a
esas horas en donde los fantasmas adquieren cuerpo y se bañan de una
luminosidad azul índigo-, así apareció ella ante sus ojos. El perfume que la
envolvía se adelantaba a su andar cinco segundos. Después de registrar su
aroma, invadía con su presencia. Él pareció reconocerla. ¿Milagros?, ¿Remedios?
Debe tener un nombre que con solo pronunciarlo te cure, pensó Jeremías.
Jeremías tocaba el acordeón,
siempre en el mismo lugar al caer la noche. Lo hacía con un grupo de cuatro
músicos de jazz. Era un ritmo liviano, un agradable swing. Si había tristeza en
las notas era del tipo de nostalgia que podía bailarse, de esa melancolía que
se puede tararear y seguir con los dedos. Los transeúntes esperaban el momento
en que contrabajo, saxofón, trompeta, bandoneón, y él con su acordeón, se instalaban
en el centro de la plaza como una máquina del tiempo para llevarlos a otra
época, a otro lugar.
¿Qué música era aquella? La
primera vez que Milena siguió su eco fue antes de poderla escuchar, estaba a
una cuadra del parque de los árboles dormidos en la que el quinteto se
presentaría la primera noche de octubre, en luna llena. Milena compraba pan
dulce cuando comenzó a sentir una vibración dentro en la sangre, después fuera,
en el aire. Volteó súbitamente y tras el cristal del aparador con panes de
pasas y canela, atravesó un joven de camisa roja de franela a cuadros, manga
larga, pantalón gris gastado, mocasines de piel y un cabello que evocaba a un
gitano tanto como a un hindú al mismo tiempo. Ese lapso bastó para que Milena
alcanzara a atisbar su perfil, su mirada fija en el horizonte. Se reconocieron
tal vez un segundo, porque entre las canastas de pan dulce, la mirada del
acordeonista cruzó con la de ella. Él caminaba hacia el frente; al salir de la
panadería lo vio apretar el paso y pensó en un judío de la postguerra. Tan
delgado, tan abandonado a su instrumento y una música que ya se lograba
distinguir en el ritmo acompasado de sus pasos. La campana de la entrada sonó
un instante y ella tomó camino en sentido contrario. Jeremías abrió sus manos
para sentir que atrapaba su perfume. Aquel aroma entre el pan y su piel lo
transportó al instante a una calle en París, a otra vida ya vivida en donde él,
invariablemente, ya amaba la música… y añoraba un abrazo perdido en el tiempo.
En diez pasos, rumbo a la plaza
de los árboles dormidos, Jeremías comenzó a amar a Milena. Y era otoño y luna
llena, el décimo mes.
Los relojes seguían su marcha,
las aves volvían a las copas de los árboles y al unísono su aleteo se mezclaba
con el de las campanas de la iglesia. Aquella estampa era la fiel copia de un
verano común en el pueblo: la tarde se matizaba con el color celeste de la iglesia
y el azul del cielo. Jeremías enrollaba su cabello largo hecho rastas alrededor
de su cabeza, parecía un monje derviche con su mirada oscura, profunda y
serena. Tímidamente alejaba su atención del público para centrarse en el tempo
que marcaba su instrumento. La gente los rodeaba en la plaza. La luz de la
tarde y el canto de las aves tejiéndose al viento permitían borrar cualquier
pesar. Para Jeremías algo en el aire olía a pan… y a canela. Era un recuerdo
olvidado, sin forma. En la música a veces ocurre ese extraño momento: pulsas
una y otra vez un determinado conjunto de notas y te trasladas a otro tiempo y
a otro espacio. En la memoria de Jeremías se veía detenido él mismo en una
estación de tren en la que nunca antes había estado. Y al llegar a esa
evocación oprimía sus labios, miraba fijamente el ritmo de sus dedos, y se iba
a esperar en el andén, dentro de aquella visión.
Milena volvió a Paris en
primavera. Alguna vez ya había existido en un cuento que relataba su primera
visita a aquella ciudad. Un gato la perseguía por las calles hasta que
finalmente comprendía que quería mostrarle un camino y al seguirlo aquel gato
la conducía hasta un asilo de ancianos en donde la esperaba la abuela Elena.
Ella había enviado a aquel gato a buscarla para que trajera por última vez a
Milena junto a ella. Pero ese cuento fue de las memorias que una sombra se dio
a la tarea de quemar. No es posible explicar esto sin metáfora. Milena se había
enamorado del personaje equivocado, y éste en un chantaje hizo que sus diarios
y sus páginas escritas volaran como mariposas grises en la nieve y al caer, la
vida se cubriera de cenizas.
La abuela tenía un último
mensaje para Milena…
─
Cristales de tiempo. El corazón está hecho de frágiles cristales de tiempo.
Pero tú aprenderás a encontrar en ellos la música, y el árbol, el bosque.
─ ¿Cómo lo conseguiré?
─
Porque él te encontrará.
Milena
pensó que la abuela le hablaba del tiempo o incluso del bosque.
Finalmente
aquella primavera, por supuesto, en el Point des Arts, Milena y su aroma a pan
y canela se detuvieron en seco: el sol de media tarde iluminando su cuerpo
nublado con tenue resplandor ámbar natural… su mirada parpadeando como si
aquello se tratara de una ensoñación, no había nada a su rededor.
¿Nada?
Observó de nuevo.
Sí,
parejas. Turistas. Estudiantes
¿Músicos?
No
¿No?
Ella
estaba detenida en medio del puente y claramente escuchaba el ritmo de un
swing. Lo sentía en las yemas de los dedos, en toda su piel. Sentía París, se
sentía envuelta en un aire de música ligera. “Some of these days” no podría ser otra pieza…
ése era el ensamble, el día, la hora, el lugar. Cerró sus ojos…
Verano. Otoño. Invierno. Una
mirada hecha de cristales de música, los sentía quebrarse y fundirse en su
cuerpo; primero de forma lenta… y de pronto… ya no la rodeaba, ella era la
música, ella era el instrumento y la melodía. Ella era un contrabajo, escuchó
las cuerdas. El saxofón, sintió el pulso
del viento que la recorría. Ella era el bandoneón, la trompeta, por un instante
sus labios se entumieron y las yemas de sus dedos comenzaron a pulsar el aire
al ritmo de su cabeza… su cabellos comenzaron a danzar con el compás en las
puntas de sus pies. Cerró los ojos y el cuerpo era una espiral en movimiento. Aquel instante fluyó. Se hizo
río, desembocó en el mar. Rescató mariposas muertas y las hizo volar de nuevo.
La luna surgía en un halo rosado y el mundo era producto de aquella melodía…
aquello era jazz, un movimiento pendular, jazz gitano, jazz manouche. Una historia que
como aquel puente no lo cruza jamás, permanece siempre en medio y ya llegó al
final del camino y también está al inicio. No es una emoción. Es la vida que se
queda para ser un día citada a danzar.
Es la música de los árboles a
través del tiempo, árboles que duermen esperando las notas de la tarde, el
compás y la clave de un grupo y sus instrumentos que lleguen a transformarlo todo alrededor en esa sinfonía,
la sinfonía para despertar del sueño, ya sin tiempo.
Abrió los ojos… 3:00 am. Estaba
llegando a su destino. Era luna llena, pero la neblina era densa, como un
pesado manto cubría los sueños del pueblo que dormía. El camino de Milena se
detuvo en la estación. Un gato negro a sus pies. Su mochila en la espalda, el
antiguo sobrero encontrado en el mercado de pulgas escondiendo sus ojos
adormilados. Un aroma familiar, ¿pan?
Unos pasos que se acercan.
─ ¡Canela! ─Una voz llamando─ ¡Canela!
Un hombre con aspecto de gitano,
de hindú, de judío de la postguerra, de músico de París, se acerca a esas horas
con un acordeón al costado cargando.
30
de abril, 2018. Córdoba, Ver.
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