Un cuento

El solitario




Huyendo vas nocturno al reino de lo verde.
Te busco para hacerte compañía, hallo consuelo en tu abandono.
Tú parece que detienes el curso de tu sueño
Y me sonríes.
Cada noche te encuentro en un lugar distinto.
Camino junto a ti, paseamos cogidos de la mano.
Atravieso el puente que conduce a las sombras
Y el que me lleva a la luz.
Me llama tu voz desde tus sábanas de niebla.
Tu lecho
Me invita a dormir un sueño sin futuro.
No sé por quién te mueves.
Nadie te ha descifrado todavía.

El solitario
Elena Garro. París, 1950.



Huyendo vas nocturno al reino de lo verde.

La primera vez que escapamos en realidad lo hice yo primero. Rafael me siguió. Jamás le pregunté en qué momento decidió hacerlo, qué cosa pasó por su cabeza. ¿Fue mi ausencia la que lo llamó?, ¿en dónde se encontraba él?
Sólo recuerdo que mis lágrimas resbalaban sin miedo, silenciosas y pesadas, caían atropellándose unas a otras porque aquel lugar y aquel momento eran el lugar y el momento para llorar a mares, “sin que nadie lo note”.
Pero justo en ese instante Rafael llegó.
Estaba sentada en el pico de la escollera, en Punta Cometa. Era la primera vez que viajamos juntos a aquel lugar que se convertiría en su punto de escape cada vez que huía de la ciudad.
“Si pudiera hallar un hueco verde entre las hojas”. Unos de los personajes de Woolf en Las Olas lo decía. Yo seguí a ese personaje, y Rafael me siguió a mí.
Tal vez su preocupación era que pudiera llenarme el bolso del vestido con piedritas y una vez que entrara al mar no saliera más, tal como Virginia Woolf. Pero no, no. Lo mío siempre ha sido la vida.

Te busco para hacerte compañía, hallo consuelo en tu abandono.

La seguí a esa playa, era irremediable no hacerlo. Sofía le había prometido a ese sitio aquel verano volver en invierno, me lo contó a su regreso a la ciudad durante el otoño. Me contó cómo llegó allí. Un sueño las había soñado a ella y a Sophie en ese lugar; viajaron toda una noche, al despertar estaban en un pueblo en donde salían camionetas que te llevaban por veinte pesos a Mazunte. Allí encontraron un hostal de hamacas de cuarenta pesos, “La Atarraya”. No tenían fecha de regreso a ninguna parte, pero el día que lo hizo fue para acabar en mi casa y mostrarme las huellas del mar en sus ojos y en su cabello. Algo en ella había cambiado. Llevaba estrellas de mar y erizos en sus pupilas. ¿Vamos para el fin del año? ¿Vamos? ¡Tienes que venir conmigo!
La compañía de Sofía fue en realidad algo que nunca busqué. Fue algo que terminó sucediendo. Porque estaba loca y yo era un solitario. O porque ella era una solitaria y yo nunca fui ordinario.
Siempre relataba las cosas como si fueran historias de un cuento imposible y raro. Eso me gustaba de ella. Habíamos crecido juntos, compartimos el consuelo de no sabernos solos o de intentar no estarlos. Nos hacía de cocinar a Adán y a mí y al gato. Tomábamos vino y dábamos marometas al aire. O  cruzábamos la ciudad entre montañas para meternos en un bar absurdo y convertirnos en seres absurdos hasta destornillarnos de la risa. Después se marchaba, al día siguiente; cruda y en silencio, con su cabeza dando vueltas en otra realidad.
En su abandono siempre hallé consuelo.

Parece que detienes el curso de tu sueño

Conocí a Rafael porque fue mi reflejo durante un año quizás. Antes de cruzar palabras en la escuela, cada día, él se sentaba en el mismo lugar y a la misma hora. Su mirada extraviada en alguna grieta de la cancha de deportes, no sé si en algún momento me miró como yo lo hice durante esos trece ciclos lunares seguidos. Me gustaba su cuerpo, era como un joven árbol olvidado en medio de un campo una noche de lluvia con relámpagos, y eso lo hacía brillar.
Finalmente sé que un día detuvo el curso de su sueño y el reflejo se hizo presente ante sus ojos: yo estaba como cada día, de pie frente a él, a muchos metros, pero de pie frente a él, esperando a que el sueño cesara.

Y me sonríes

El día que me percaté de la presencia de Sofía frente a mí, el día que dejé de mirar al piso y subí lentamente la mirada al cielo para descubrirlo vacío pero azul… volví de nuevo la mirada al centro y había una chica de pie, un punto azul cielo con blusa blanca y zapatos negros que me miraba directamente, la luz le empequeñecía los ojos… pero al verla directamente sin cambiar la curva de mis labios… ella cambio la curva hacia abajo y poco a poco me sonrió como un sol en un cielo vacío, pero azul.

Cada noche te encuentro en un lugar distinto

Comenzó a volverse real. Ese chico de la prepa que era como un espectro, silencioso y gris, comenzó a adquirir colores frente a mis ojos. Y la Tierra y el Sol se acercaron, era el solsticio de verano tal vez… Todo estaba iluminado. Rafael y yo pronto nos convertimos en seres cercanos. ¿Cuándo nos hicimos amigos?, eso no lo sé bien. Tal vez la primera vez que reímos juntos por algo sin poder contenernos y darnos cuenta que no éramos ni tan silenciosos ni tan sombríos.
Las nubes de la ciudad se borraron y al caminar nuestras huellas comenzaron a buscar otras montañas, y arena, olas. Juntos aprendimos a buscar el mar.

Camino junto a ti, paseamos cogidos de la mano

Sofía se convirtió en parte de mis días. Cuando partió a la universidad decidí que sería buena idea estudiar en la misma ciudad. Cuando tuvimos oportunidad vivimos juntos y nuestra casa tenía chimenea. Cuando necesité trabajar ella venía conmigo a verme tallar madera. Me tejía gorros para el frío y tomó fotos para enviarlas a mamá.
Años después cuando ella ya no vivía en la misma ciudad volvió para mi cumpleaños, se envolvió para regalo ella misma pero sólo consiguió hacer el ridículo porque Amy Winehouse estaba de moda y la quiso imitar y eso incluía acabar ebria muy pronto. Al día siguiente sorpresivamente estaba relajada y radiante. Traía una sudadera gris larga, un chongo en la coronilla y su cabello lacio y negro. Fue la época del “na’aah”… éramos musicales, éramos de vinil, éramos un par de dibujos en una hoja blanca que ella dibujó caminando cogidos de la mano… lo cual nunca pasó.

Atravieso el puente que conduce a las sombras

Caminábamos a través de tiempos, de estaciones, de geografías dispares. Vi sus alas azules aquella noche, con aquel viaje, vi sus alas azul eléctrico cubriéndome. Sin despertar sólo recuerdo acercarme a su oído y decirle Rafael, ya estás listo para volar. Ya puedes irte de aquí. A donde tú decidas. Tus alas están listas, y son azules y enormes, brillan. Recuerdo su hermoso silencio en mitad de la noche. Aunque apenas vislumbraba su perfil, imaginé la claridad de sus ojos de almendra. Yo creí haber atravesado un puente entre las sombras, creí haber abierto los ojos y sentir la luz del día a su lado. Nos sentía dos seres posibles e infinitos. Él estaba allí protegiéndome. Yo estaba allí juntito en su habitación acuática por la humedad que nos hacía peces naranja… pero no era la historia de Ulises y la Cándida Eréndira. Y ésta historia no la escribía García Márquez.
Los puentes que conducían a las sombras ni siquiera estaban cercanos. Pero ninguno de los dos supo que aquel momento fue con todo y sus humedades y lluvias, el más luminoso para los dos.

Y el que me lleva a la luz

Saber que despertarás y a tu lado la cara conocida que te mira es como un espejo que te devuelve tu propio reflejo fue algo de lo que nunca fui consciente. Las palabras extrañas de Sofía como “a veces haces falta en este mundo”… “eres como un liquidámbar”, “tus alas ya están listas, son azules y brillan”… eran las palabras extrañas de mi amiga extraña, la que la mayor parte del tiempo extrañaba… eran ella. La luz de Sofía eran sus palabras, luciérnagas pequeñas.

Me llama tu voz desde tus sábanas de niebla

Rafael despertó en medio de un bosque oscuro y espeso y creyó estar solo. Yo me convertí en una luciérnaga, una sola. Casi desaparezco. Tiempo atrás habíamos comenzado a comunicarnos través de una especie de cuentos. Yo escribía uno, él me leía y respondía con otro, yo le leía y le respondía y eso era un tren de vagones muy largos y los dos íbamos en él.
Después decidí irme al desierto, no me perdí. En realidad me encontré con otra versión de mí, pero él no aparecía en ese sueño al despertar.
Rafael enmudecía largas temporadas. Aquello se solucionaba siempre que volvíamos sobre la mesa al juego de cartas y la música y el vino…
Pero hay estaciones más largas, tiempos que se extienden como una tundra… y la vida se vuelve un espacio gélido. La voz de Rafael se convirtió en un murmullo que apenas percibía entre las líneas de algunos poemas.
Fue cuando ambos comenzamos a descifrar sortes. Y los libros ocuparon aún más espacio del habitual.

Tu lecho

Nos acostábamos en colchones, en hamacas, en cualquier sitio en donde el sueño nos tomara por sorpresa, pero nuestras compañías variaron. Por muchas noches, por muchas noches, por muchas noches, nuestros lechos contaron historias diferentes. Pero nadie más que ella y yo sabíamos descifrar sortes.

Me invitan a dormir un sueño sin futuro

Paredes sin libros, muros de palabras. Me fui cada vez más lejos hasta aparecer del otro lado del mapa. Y Rafael hizo lo propio. Y era como si el hilito rojo de nuestra cometa se hubiera enredado en el cielo.

No sé por quién te mueves

Cuando la encontré sentada llorando a mares entendí cada uno de sus cuentos, incluso sus sueños y esa pesadilla recurrente en la que caía al vacío y la ciudad ardía en llamas. Entendí que sus sueños eran también los míos. Sofía. Vámonos.
Eso fue lo único que le dije. Ella se limpió sus mejillas. El sol matizaba su piel como miel sobre pan tostado. La abuela Elena se sentiría orgullosa de un personaje como ella. Siempre andaba huyendo Lola. Siempre sus recuerdos del porvenir, siempre un corazón en un bote de basura y la vida empieza a las tres.
Hasta el año pasado dormimos juntos pero ya no fui capaz de escuchar sus sueños… ni de saber si aún tenía las mismas pesadillas.

Nadie te ha descifrado todavía

El poema acababa con una frase rotunda, pero mi cuento no podía acabar así. Me negaba a que fuera así. Éramos los personajes de una abuela loca, pero éramos reales. Vivíamos en las olas, tal como Virginia Woolf nos hubiera querido sentir entre las líneas de su papel.

Sin embargo, a Rafael nadie lo ha descifrado todavía. Apagaré el sol. Me iré a buscar sus alas azules. O el vino para descifrar algún secreto más antes de que un año más se acabe sin él. Sin Punta Cometa, ni mares, ni estrellas ni erizos.

Una vez leí el Misterio del Solitario.

Lo haré de nuevo. Pero esta vez fuera de estas líneas.



Sofía Clevit, 18 de diciembre de 2017

Ummæli

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