Mujeres que corren con lobos -- Capítulo 1
El aullido: la resurrección de la Mujer Salvaje
La Loba
"Para fomentar nuestra relación de parentesco con la naturaleza instintiva, es muy útil comprender los cuentos como si estuviéramos dentro de ellos y no como si ellos estuvieran fuera de nosotros. Entramos en un cuento a través de la puerta del oído interior.
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El oído puede escuchar en tres niveles distintos. El primer nivel es el de las conversaciones mundanas. El segundo era para adquirir erudición y apreciar el arte y el tercero permitía que el alma oyera consejos que pudieran servirle de guía y adquiera sabiduría durante su permanencia en la tierra
...
Cantar significa utilizar la voz del alma
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El esfuerzo femenino por descubrir y cantar el himno de la creación es una tarea solitaria, una tarea que se cumple en el desierto de la psique.
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El lugar donde las mujeres corren espiritualmente con los lobos se encuentra situado entre los mundos de la racionalidad y el mito.
...
Se ha aventurado la posibilidad de que el sistema inmunitario del cuerpo está enraizado en esta misteriosa tierra psíquica, al igual que la mística, las imágenes y los impulsos arquetípicos, incluidos nuestra hambre de Dios, nuestro anhelo de misterio y todos los instintos no sólo son sagrados sino también profanos.
...
Descubrimos vestigios del arquetipo en las imágenes y los símbolos de los cuentos, la literatura, la poesía, la pintura y la religión.
Tengo que
confesarles que yo no soy como uno de esos teólogos que se adentran en el
desierto y regresan cargados de sabiduría. He recorrido muchas hogueras de
cocinar y he esparcido cebo de angelote en toda suerte de dormitorios. Pero,
más que adquirir sabiduría, he sufrido embarazosos episodios de Giardiasis, E. coli 1, y amebiasis.
Ay, tal es el destino de una mística de la clase media con intestinos
delicados. He aprendido a protegerme de todos los conocimientos o la sabiduría
que haya podido adquirir en el transcurso de mis viajes a extraños lugares y
personas insólitas, pues a veces el viejo padre Academo[1],
como el mítico Cronos, sigue mostrando una fuerte propensión a devorar a sus
hijos antes de que hayan alcanzado la capacidad de sanar o sorprender. El
exceso de intelectualización puede desdibujar las pautas de la naturaleza
instintiva de las mujeres. Por consiguiente, para fomentar nuestra relación de
parentesco con la naturaleza instintiva, es muy útil comprender los cuentos
como si estuviéramos dentro de ellos y no como si ellos estuvieran fuera de
nosotros. Entramos en un cuento a través de la puerta del oído interior. El
relato hablado roca el nervio auditivo que discurre por la base del cráneo y
penetra en la médula oblonga justo por debajo del puente de Varolio. Allí los
impulsos auditivos se transmiten a la conciencia o bien al alma, según sea la
actitud del oyente.
Los antiguos
anatomistas decían que el nervio auditivo se dividía en tres o más caminos en
el interior del cerebro. De ello deducían que el oído podía escuchar a tres
niveles distintos. Un camino estaba destinado a las conversaciones mundanas. El
segundo era para adquirir erudición y apreciar el arte y el tercero permitía
que el alma oyera consejos que pudieran servirle de guía y adquiriera sabiduría
durante su permanencia en la tierra. Hay que escuchar por tanto con el oído del
alma, pues ésta es la misión del cuento. Hueso a hueso, cabello a cabello, la
Mujer Salvaje regresa. A través de los sueños nocturnos y de los
acontecimientos medio comprendidos y medio recordados. La Mujer Salvaje
regresa. Y lo hace a través de los cuentos.
Inicié mi
propia migración por Estados Unidos en los años sesenta, buscando un lugar
donde pudiera asentarme entre los árboles, la fragancia del agua y las
criaturas a las que amaba: el oso, la raposa, la serpiente, el águila y el
lobo. Los hombres exterminaban sistemáticamente a los lobos en el norte de la
región de los Grandes Lagos; dondequiera que fuera, los lobos eran perseguidos
de distintas maneras. Aunque muchos los consideraban una amenaza, yo siempre me
sentía más segura cuando había lobos en los bosques. Por aquel entonces, tanto en
el oeste como en el norte, podías acampar y oír por la noche el canto de las montañas
y el bosque.
Pero, incluso
en aquellos lugares, la era de los rifles de mira telescópica, de los
reflectores montados en jeeps y de los cebos a base de arsénico hacían que el silencio
se fuera propagando por la tierra. Muy pronto las Montañas Rocosas se quedaron
casi sin lobos. Así fue como llegué al gran desierto que se extiende mitad en
México y mitad en Estados Unidos. Y, cuanto más al sur me desplazaba, tanto más
numerosos eran los relatos que me contaban sobre los lobos. Dicen que hay un
lugar del desierto en el que el espíritu de las mujeres y el espíritu de los
lobos se reúnen a través del tiempo. Intuí que había descubierto algo cuando en
la zona fronteriza de Texas oí un cuento llamado "La Muchacha Loba" acerca
de una mujer que era una loba que a su vez era una mujer. Después descubrí el
antiguo relato azteca de los gemelos huérfanos que fueron amamantados por una
loba hasta que pudieron valerse por sí mismos Y, finalmente, de labios de los
agricultores de las antiguas concesiones de tierras españolas y de las tribus
pueblo del sudoeste, adquirí información sobre los hueseros, los viejos que
resucitaban a los muertos y que, al parecer, eran capaces de devolver la vida
tanto a las personas como a los animales. Más tarde, en el transcurso de una de
mis expediciones etnográficas, conocí a una huesera y, desde entonces, ya jamás
volví a ser la misma. Permítanme que les ofrezca un relato y una presentación
directos.
La Loba
Hay una vieja
que vive en un escondrijo del alma que todos conocen pero muy pocos han visto.
Como en los cuentos de hadas de la Europa del este, la vieja espera que los que
se han extraviado, los caminantes y los buscadores acudan a verla.
Es
circunspecta, a menudo peluda y siempre gorda, y, por encima de todo, desea
evitar cualquier clase de compañía. Cacarea como las gallinas, canta como las
aves y por regla general emite más sonidos animales que humanos.
Podría decir
que vive entre las desgastadas laderas de granito del territorio indio de
Tarahumara. O que está enterrada en las afueras de Phoenix en las inmediaciones
de un pozo. Quizá la podríamos ver viajando al sur hacia Monte Albán en un
viejo cacharro con el cristal trasero roto por un disparo. O esperando al borde
de la autovía cerca de El Paso o desplazándose con unos camioneros a Morella,
México, o dirigiéndose al mercado de Oaxaca, cargada con unos haces de leña
integrados por ramas de extrañas formas. Se la conoce con distintos nombres: La
Huesera, La Trapera y La Loba.
La única tarea
de La Loba consiste en recoger huesos. Recoge y
conserva sobre todo lo que corre peligro de perderse. Su cueva está llena de
huesos de todas las criaturas del desierto: venados, serpientes de cascabel,
cuervos. Pero su especialidad son los lobos.
Se arrastra,
trepa y recorre las montañas y los arroyos en busca de
huesos de lobo y, cuando ha juntado un esqueleto entero, cuando el último hueso
está en su sitio y tiene ante sus ojos la hermosa escultura blanca de la
criatura, se sienta junto al fuego y piensa qué canción va a cantar.
Cuando ya lo ha
decidido, se sitúa al lado de la criatura, levanta los
brazos sobre ella y se pone a cantar. Entonces los huesos de las costillas y
los huesos de las patas del lobo se cubren de carne y a la criatura le crece el
pelo. La Loba canta un poco más y la criatura cobra
vida y su fuerte y peluda cola se curva hacia arriba.
La Loba sigue cantando
y la criatura lobuna empieza a respirar. La Loba canta con tal
intensidad que el suelo del desierto se estremece y, mientras ella canta, el
lobo abre los ojos, pega un brinco y escapa corriendo cañón abajo. En algún
momento de su carrera, debido a la velocidad o a su chapoteo en el agua del
arroyo que está cruzando, a un rayo de sol o a un rayo de luna que le ilumina
directamente el costado, el lobo se transforma de repente en una mujer que
corre libremente hacia el horizonte, riéndose a carcajadas.
Recuerda que,
si te adentras en el desierto y está a punto de ponerse el sol y quizá te has
extraviado un poquito y te sientes cansada, estás de suerte, pues bien pudiera
ser que le cayeras en gracia a La Loba y ella te
enseñara una cosa... una cosa del alma.
Todos iniciamos
nuestra andadura como un saco de huesos perdido en algún lugar del desierto, un
esqueleto desmontado, oculto bajo la arena. Nuestra misión es recuperar las
distintas piezas. Un proceso muy minucioso que conviene llevar a cabo cuando
las sombras son apropiadas, pues hay que buscar mucho. La Loba nos enseña lo
que tenemos que buscar, la fuerza indestructible de la vida, los huesos.
La tarea de La Loba se podría
considerar un cuento milagro, pues nos muestra lo que puede ser beneficioso
para el alma. Es un cuento de resurrección acerca de la conexión subterránea
con la Mujer Salvaje. Nos promete que, si cantamos la canción, podremos
conjurar los restos psíquicos del alma salvaje y devolverle su forma vital por
medio de nuestro canto.
La Loba canta sobre los
huesos que ha recogido. Cantar significa utilizar la voz del alma. Significa
decir la verdad acerca del propio Poder y la propia necesidad, infundir alma a
lo que está enfermo o necesita recuperarse. Y eso se hace descendiendo a las
mayores profundidades del amor y del sentimiento hasta conseguir que el deseo
de relación con el Yo salvaje se desborde para poder hablar con la propia alma
desde este estado de ánimo. Eso es cantar sobre los huesos. No podemos cometer
el error de intentar obtener de un amante este gran sentimiento de amor, pues
el esfuerzo femenino de descubrir y cantar el himno de la creación es una tarea
solitaria, una tarea que se cumple en el desierto de la psique. Vamos a
estudiar a La Loba propiamente dicha. En el léxico simbólico
de la
psique, el
símbolo de la Vieja es una de las personificaciones arquetípicas más extendidas
del mundo. Otras son la Gran Madre y el Padre, el Niño Divino, el Tramposo, la
Bruja o el Brujo, la Doncella y la Juventud, la Heroína—Guerrera y el Necio o
la Necia. Y, sin embargo, una figura como La Loba se puede
considerar esencial y efectivamente distinta, pues es el símbolo de la raíz que
alimenta todo un sistema instintivo.
En el Sudoeste,
el arquetipo de la Vieja también se puede identificar como La Que
Sabe. Comprendí por vez primera lo que era La Que
Sabe cuando vivía en las montañas Sangre de Cristo de Nuevo México,
al pie del Lobo Peak. Una anciana bruja de Ranchos me dijo que La Que
Sabe lo sabía todo acerca de las mujeres y había creado a las
mujeres a partir de una arruga de la planta de su divino pie: por eso las mujeres
son criaturas que saben, pues están hechas esencialmente con la piel de la planta del pie que lo
percibe todo. La idea de la sensibilidad de la planta del pie me sonaba a
verdadera, pues una vez una mujer culturalizada de la tribu quiché me dijo que se
había puesto sus primeros zapatos a los veinte años cuando aún no estaba
acostumbrada a caminar con los ojos vendados. La esencia salvaje que habita en la
naturaleza ha recibido distintos nombres y ha formado una red de líneas
entrecruzadas en todas las naciones a lo largo de los siglos. He aquí algunos
de sus nombres: La Madre de los Días es la Madre— Creador—Dios de todos los
seres y todas las obras, incluidos el cielo y la tierra; la Madre Nyx ejerce su
dominio sobre todas las cosas del barro y la oscuridad; Durga controla los
cielos, los vientos y los pensamientos de los seres humanos a partir de los
cuales se difunde toda la realidad; Coatlicue da a luz al universo niño que es
un bribonzuelo de mucho cuidado, pero, como una madre loba, le muerde la oreja
para meterlo en cintura; Hécate es la vieja vidente que "conoce a los
suyos" y está envuelta en el olor de la tierra y el aliento de Dios. Y hay
muchas, muchas más. Todas ellas son imágenes de quién y qué vive bajo la
montaña, en el lejano desierto y en lo más profundo. Cualquiera que sea su
nombre, la fuerza personificada por La Loba encierra
en sí el pasado
personal y el antiguo, pues ha sobrevivido generación tras generación y es más
vieja que el tiempo. Es la archivera de la intención femenina y la conservadora
de la tradición de la hembra. Los pelos de su bigote perciben el futuro; tiene
la lechosa y perspicaz mirada de una vieja bruja; vive simultáneamente en el
presente y en el pasado y subsana los errores de una parte bailando con la
Otra.
La vieja, La Que
Sabe, está dentro de nosotras. Prospera en la más profunda psique
de las mujeres, en el antiguo y vital Yo salvaje. Su hogar es aquel lugar del
tiempo en el que se juntan el espíritu de las mujeres y el espíritu de La Loba, el lugar
donde se mezclan la mente y el instinto, el lugar donde la vida profunda de una
mujer es el fundamento de su vida corriente. Es el lugar donde se besan el Yo y
el Tú, el lugar donde las mujeres corren espiritualmente con los lobos. Esta
vieja se encuentra situada entre los mundos de la racionalidad y del mito. Es
el eje en torno al cual giran los dos mundos. La tierra que se interpone entre
ambos es ese inexplicable lugar que todas reconocemos en cuanto llegamos a él,
pero sus matices se nos escapan y cambian de forma cuando tratamos de
inmovilizarlos,
a no ser que usemos la poesía, la música, la danza o un cuento. Se ha
aventurado la posibilidad de que el sistema inmunitario del cuerpo esté
enraizado en esta misteriosa tierra psíquica, al igual que la mística, las
imágenes y los impulsos arquetípicos, incluidos nuestra hambre de Dios, nuestro
anhelo de misterio y todos los instintos no sólo sagrados sino también
profanos.
Algunos podrían
decir que los archivos de la humanidad, la raíz de la luz, la espiral de la oscuridad
también se encuentran aquí. No es un vacío sino más bien el lugar de los Seres
de la Niebla en el que las cosas son y todavía no son, en el que las sombras
tienen consistencia, pero una consistencia transparente. De lo que no cabe duda
es de que esta tierra es antigua... más antigua que los océanos. Pero no tiene
edad, es eterna. El arquetipo de la Mujer Salvaje es el fundamento de este
estrato y emana de la psique instintiva. Aunque puede asumir muchos disfraces
en nuestros sueños y en nuestras experiencias creativas, no pertenece al
estrato de la madre, la doncella o la mujer media y tampoco es la niña
interior. No es la reina, la amazona, la amante, la vidente. Es simplemente lo que
es. Se la puede llamar La Que Sabe, la Mujer Salvaje, La Loba, se la puede designar
con sus nombres más elevados y con los más bajos, con sus nombres más recientes
o con los antiguos, pero sigue siendo lo que es. La Mujer Salvaje como
arquetipo es una fuerza inimitable e inefable que encierra un enorme caudal de
ideas, imágenes y particularidades. Hay arquetipos en todas partes, pero no se
los puede ver en el sentido habitual. Lo que vemos de ellos de noche no se
puede ver necesariamente de día. Descubrimos vestigios del arquetipo en las
imágenes y los símbolos de los cuentos, la literatura, la poesía, la pintura y
la religión. Al parecer, la finalidad de su resplandor, de su voz, de su
fragancia, es la de apartarnos de la contemplación de la porquería que cubre
nuestras colas y permitirnos viajar de vez en cuando en compañía de las
estrellas. En el lugar donde vive La Loba, el cuerpo
físico se convierte, tal como escribe el poeta Tony Moffeit, en "un animal
luminoso"4, y parece ser que, por medio de los relatos anecdóticos, el
pensamiento conciente puede fortalecer o debilitar el sistema inmunitario
corporal. En el lugar habitado por La Loba los espíritus
se manifiestan como personajes y La voz mitológica de la psique
profunda habla como poeta y oráculo. Una vez muertas, las cosas que poseen
valor psíquico se pueden resucitar. Además, el material básico de todos los
cuentos que ha habido en el mundo se inició con la experiencia de alguien que
en esta inexplicable tierra psíquica intentó contar lo que allí le ocurrió. El
lugar intermedio entre los dos mundos recibe distintos nombres. Jung lo llamó
el inconciente colectivo, la psique objetiva y el inconciente psicoide,
refiriéndose a un estrato más inefable del primero. Consideraba el segundo un
lugar en el que los mundos biológico y psicológico compartían las mismas fuentes,
en el que la biología y la psicología se podían mezclar y podían influir
mutuamente la una en la otra. En toda la memoria humana este lugar —llámesele
Nod, el hogar de los Seres de la Niebla, la grieta entre los mundos— es el
lugar donde se producen las visiones, los milagros, las imaginaciones, las
inspiraciones y las curaciones de todo tipo.
Aunque el lugar
transmite una enorme riqueza psíquica, hay que acercarse a él con una cierta
preparación, pues uno podría ceder a la tentación de ahogarse gozosamente en el
arrobamiento experimentado durante su estancia allí. La realidad correspondiente
puede parecer menos emocionante comparada con él. En este sentido, estos
estratos más profundos de la psique pueden convertirse en una trampa de
éxtasis, de la cual las personas regresan tambaleándose y con la cabeza llena
de ideas inestables y manifestaciones insustanciales. Y no debe ser así. Hay
que regresar totalmente lavados y sumergidos en unas aguas vivificantes e
informativas que dejen grabado en nuestra carne el olor de lo sagrado.
Toda mujer
tiene potencialmente acceso al Río bajo el Río. Llega allí a
través de la meditación profunda, la danza, la escritura, la pintura, la
oración, el canto, el estudio, la imaginación activa o cualquier otra actividad
que exija una intensa alteración de la conciencia. Una mujer llega a este mundo
entre los mundos a través del anhelo y la búsqueda de algo que entrevé por el
rabillo del ojo. Llega por medio de actos profundamente creativos, a través de
la soledad deliberada y del cultivo de cualquiera de las artes. Y, a pesar de
todas estas actividades tan bien practicadas, buena parte de lo que ocurre en
este mundo inefable sigue envuelta en el misterio, pues rompe todas las leyes
físicas y racionales que conocemos. El cuidado con el cual se debe penetrar en
este estado físico se ilustra en el
pequeño, pero
conmovedor cuento de los cuatro rabinos que ansiaban contemplar la sagrada
Rueda del Profeta Ezequiel.
Los cuatro
rabinos
Una noche
cuatro rabinos recibieron la visita de un ángel que los despertó y los
transportó a la Séptima Bóveda del Séptimo Cielo. Allí contemplaron la Sagrada Rueda
de Ezequiel. En determinado momento de su descenso del Pardes, el Paraíso, a
la tierra, uno de los rabinos, tras haber contemplado semejante esplendor,
perdió el juicio y vagó echando espumarajos por la boca hasta el fin de sus
días. El segundo rabino era extremadamente cínico: "He visto en sueños la
Rueda de Ezequiel, eso es todo. No ha ocurrido nada en realidad." El
tercer rabino no paraba de hablar de lo que había visto, pues estaba totalmente
obsesionado. Hablaba por los codos, describiendo cómo estaba construido todo
aquello y lo que significaba... hasta que, al final, se extravió y traicionó su
fe. El cuarto rabino, que era un poeta, tomó un papel y una caña, se sentó
junto a la ventana y se puso a escribir una canción tras otra sobre la paloma
de la tarde, su hija en la cuna y todas las estrellas del cielo. Y de esta
manera vivió su vida mejor que antes.
No sabemos
quién vio qué en la Séptima Bóveda del Séptimo Cielo. Pero sabemos que el
contacto con el mundo en el que residen las Esencias nos lleva a averiguar algo
que está más allá del habitual oído humano y nos hace experimentar una
sensación de júbilo y también de grandeza. Cuando tocamos el auténtico fundamento
de La Que Sabe, reaccionamos y actuamos desde nuestra
naturaleza
integral más
profunda. El cuento nos dice que la mejor manera de experimentar el inconsciente
profundo consiste en no dejarse arrastrar por una fascinación ni demasiado
exagerada ni demasiado escasa, en la que no nos quedemos excesivamente
embobados, pero tampoco seamos demasiado cínicos; valientes sí, pero no
temerarios. Jung nos advierte en su espléndido ensayo La
función trascendente 6 de que algunas personas, en su búsqueda del Yo, estetizan en
exceso la experiencia de
Dios o del Yo,
que unas le atribuyen poco valor, otras le atribuyen demasiado y las que no
están preparadas para ella sufren daños por esta causa. Pero otras sabrán
encontrar el camino de lo que Jung llamaba "la obligación moral" de
vivir y manifestar lo que uno ha aprendido en el descenso o el ascenso al Yo
salvaje.
Esta obligación
moral de que habla Jung consiste en vivir aquello que percibimos, tanto si lo
encontramos en los Campos Elíseos de la mente como si lo descubrimos en las
islas de los muertos, los desiertos de los huesos de la psique, el rostro de la
montaña, la roca marina, el lujuriante mundo subterráneo, en cualquier lugar en
el que La Que Sabe nos infunda su aliento y cambie nuestra
manera de ser.
Nuestra tarea es mostrar que se nos ha infundido el aliento, mostrarlo, repartirlo
y cantarlo, y vivir en el mundo de arriba lo que hemos recibido a través de
nuestros repentinos conocimientos y por medio del cuerpo, de los sueños y de
los viajes de todo tipo. Existe un paralelismo entre La Loba y los mitos
universales de la resurrección de los muertos. En los mitos egipcios Isis
presta este servicio a su hermano muerto Osiris, el cual es descuartizado cada
noche por su perverso hermano Set. Isis trabaja cada noche desde el ocaso hasta
el amanecer juntando las partes de su hermano antes de que amanezca, pues, de
lo contrario, no podría salir el sol. Jesucristo resucitó a Lázaro, el cual
llevaba tanto tiempo muerto que ya "hedía", Deméter conjura a su
pálida hija Perséfone de la Tierra de los Muertos una vez al año. Y La Loba canta sobre los
huesos. Ésta es nuestra práctica de meditación como mujeres, conjurar los
aspectos muertos y descuartizados de la vida. El arquetipo que recrea a partir
de algo que ha muerto tiene siempre una doble faceta. La Madre de la Creación
es siempre también la Madre de la Muerte y viceversa. Debido a esta naturaleza
dual o doble tarea, el importante trabajo que tenemos por delante es el de
aprender a distinguir, entre todo lo que nos rodea y lo que llevamos dentro,
qué tiene que vivir y qué tiene que morir. Nuestra misión es captar el momento
más oportuno para ambas cosas; para dejar que muera lo que tiene que morir y
que viva lo que tiene que vivir. Para las mujeres, el "Río bajo
el Río", el río bajo el río del mundo, el hogar de la Huesera
contiene conocimientos directos acerca de los plantones, los rizomas, el maíz
de siembra del mundo. En México dicen que las mujeres llevan la luz
de la vida. Y esta luz está localizada no en el corazón de las mujeres
ni detrás de sus ojos sino en los ovarios, donde están depositadas todas las
semillas antes incluso de nacer. (En el caso de los hombres que exploran las
ideas más profundas de la fertilidad y la naturaleza de la semilla, la imagen
equivalente es la bolsa peluda, los cojones.)
Ésta es la
sabiduría que se puede adquirir estando cerca de la Mujer Salvaje. Cuando La Loba canta, lo hace
desde los ovarios con una sabiduría que procede de lo más
hondo de su cuerpo, de su mente y de su alma. Los símbolos de la semilla y el
hueso son muy similares. Cuando se tiene el rizoma, la base, la parte original,
cuando se tiene el maíz de siembra, cualquier estrago se puede arreglar, las
tierras devastadas se pueden volver a sembrar, los campos se pueden dejar en barbecho,
la semilla dura se puede remojar para ablandarla, ayudarla a abrirse y a
germinar.
Poseer la
semilla significa tener la clave de la vida. Estar con los ciclos de la semilla
significa bailar con la vida, bailar con la muerte y volver a bailar con la vida.
Es la encarnación de la Madre de la Vida y la Muerte en su forma más antigua y
original. Y, dado que siempre gira en estos constantes ciclos, yo la llamo la Madre
de la Vida/Muerte/Vida. Si se pierde algo, a ella es a quien hay que recurrir,
con quien hay que hablar y a quien hay que escuchar. Su consejo psíquico es a
veces duro o difícil de poner en práctica, pero siempre transforma y restaura.
Por consiguiente, cuando perdemos algo, tenemos que recurrir a la vieja que
siempre vive en la lejana pelvis. Allí vive ella, medio dentro y medio fuera
del fuego creador. Es el mejor lugar en el que pueden vivir las mujeres, justo
al lado de los óvulos fértiles, de sus semillas femeninas. Hay que ver en la
figura de la vieja la quintaesencia de la mujer de dos millones de años de edad
7. Es la Mujer Salvaje original que, aun viviendo bajo tierra,
vive arriba.
Vive en nosotras y a través de nosotras y nosotras estamos rodeadas por ella.
Los desiertos, los bosques y la tierra sobre la que se asientan nuestras casas
tienen más de dos millones de años.
Siempre me ha
llamado la atención lo mucho que les gusta a las mujeres cavar la tierra.
Plantan bulbos para la primavera. Remueven con sus ennegrecidos dedos la lodosa
tierra para trasplantar olorosas tomateras. Creo que cavan en busca de la mujer
de dos millones de años de edad. Buscan los dedos de sus pies y sus patas. La
quieren para hacerse un regalo a sí mismas, pues con ella se sienten enteras y
en paz.
Sin ella se
sienten inquietas. Muchas mujeres con quienes he trabajado a lo largo de los
años han empezado su primera sesión con algún comentario del tipo: "Bueno,
no es que me encuentre mal, pero tampoco me encuentro bien." Creo que esta
situación no es nada misteriosa. Sabemos que se debe a una escasez de lodo. ¿El
remedio? La Loba. Hay que buscar a la mujer de dos
millones de
años. Es la
sepulturera de las cosas muertas y moribundas de las mujeres. Es el camino
entre los vivos y los muertos. Canta los himnos de la creación sobre los huesos.
La vieja, la
Mujer Salvaje, es La voz mitológica que conoce el pasado y nuestra antigua
historia y nos la conserva en los cuentos. A veces la soñamos como una hermosa
voz incorpórea.
Como la
doncella—hechicera, nos muestra lo que significa no estar marchita sino
arrugada. Los niños nacen instintivamente arrugados. Saben en lo más hondo de
sus huesos lo que está bien y lo que hay que hacer al respecto. Se trata de
algo innato. Si una mujer logra conservar el regalo de ser vieja cuando es
joven y de ser joven cuando es vieja, siempre sabrá lo que tiene que esperar.
Pero, si lo ha perdido, lo puede recuperar mediante un decidido esfuerzo
psíquico. La Loba, la vieja del desierto, es una buscadora
de huesos. En la simbología arquetípica, los huesos representan la fuerza
indestructible. No se prestan a la destrucción. Por su estructura, cuesta
quemarlos y resulta casi imposible pulverizarlos. En el mito y en el cuento
representan el espíritu del alma indestructible.
Sabemos que el
espíritu del alma se puede lastimar e incluso mutilar, pero es casi imposible
matarlo. El alma se puede abollar y doblar. Se la puede herir y dañar. Se
pueden dejar en ella las señales de una enfermedad y las señales de las
quemaduras del temor. Pero no muere porque está protegida por La Loba en el mundo
subterráneo. Es a un tiempo la descubridora y la incubadora de los huesos. Los
huesos pesan lo bastante como para que se pueda hacer daño con ellos, son lo
bastante afilados como para cortar la carne y, cuando son viejos y se los
pellizca, tintinean como el cristal. Los huesos de los vivos están vivos, son
capaces de crear por sí mismos y se renuevan constantemente. Un hueso vivo
tiene una "piel" curiosamente suave y, al parecer, tiene cierta
capacidad de regenerarse. E, incluso cuando es un hueso seco, se convierte en
el hogar de minúsculas criaturas. Los huesos de lobo de esta historia
representan el aspecto indestructible del Yo salvaje, la naturaleza instintiva,
la criatura entregada a la libertad y lo intacto, es
decir, aquello que jamás podrá aceptar los rigores y las exigencias de una
cultura muerta o excesivamente civilizadora. Las metáforas de esta historia
tipifican todo el proceso de conducción de una mujer hasta la totalidad de sus
sentidos salvajes instintivos. En nuestro interior vive la vieja que recoge
huesos. En nuestro interior están los huesos del alma de este Yo salvaje. Y en
nuestro interior tenemos la capacidad de volver a configurarnos como las
criaturas salvajes que antaño fuimos y tenemos los huesos que nos pueden
cambiar y pueden cambiar nuestro mundo, y tenemos el aliento, nuestras verdades
y nuestros anhelos; untos constituyen el canto, el himno de la creación que
siempre hemos ansiado entonar. Lo cual no significa que tengamos que andar por
ahí con el cabello desgreñado sobre los ojos o con unas uñas de las manos que
parezcan unas garras orladas de negro. Sí, tenemos que seguir siendo humanas,
pero, en el interior de la mujer humana, vive también el Yo instintivo animal.
No se trata de un romántico personaje de tira cómica. Tiene unos dientes de
verdad, gruñe de verdad, posee una enorme magnanimidad, un oído extraordinario,
unas garras muy afiladas y unos generosos y peludos pechos. Este Yo tiene que
gozar de libertad para moverse, hablar, enfadarse y crear. Es duradero y
resistente y posee una gran intuición. Es un Yo experto en las cuestiones
espirituales de la muerte y del nacimiento. Hoy la vieja que llevamos dentro
recoge los huesos. ¿Y qué es lo que rehace? Ella es el Yo del alma, la
constructora del hogar del alma. Ella lo hace a mano, rehace el
alma a mano. ¿Y qué hace por nosotras? Incluso en el mejor de los mundos el
alma necesita una remodelación. Tal como ocurre con las casas de adobe del
sudoeste de Estados Unidos, siempre hay algo que se desprende, que se desconcha
o se despinta. Siempre hay una vieja regordeta con pantuflas que se pasa el
rato aplicando lechada a las paredes de adobe. Mezcla la paja con el agua y la
tierra, aplica la mezcla a las paredes y las deja como nuevas. Sin ella, la
casa se deformaría. Sin ella, se desplomaría y se convertiría en un amasijo
después de una fuerte lluvia. Es la guardiana del alma. Sin ella, nos
deformamos. Sin una línea de abastecimiento que nos conecte con ella, dicen que
los seres humanos son unos desalmados o unas almas malditas. Ella da forma a la
casa del alma y con su trabajo manual la hace más casa. Es la del viejo
delantal. Es aquella cuyo vestido es más largo por delante que por detrás. Es
la que anda siempre haciendo arreglos. Es la hacedora del alma, la criadora del
lobo, la guardiana de lo salvaje.
Por
consiguiente, lo digo con afecto y con lenguaje sencillo, tanto si eres un lobo
negro como si eres un lobo gris del Norte, un lobo rojo del Sur o un blanco oso
polar, ten por cierto que eres la quinta esencia de la criatura
instintiva.
Aunque algunos preferirían que te comportaras mejor y no te subieras
alegremente a los muebles ni te echaras encima de la gente a modo de
bienvenida, hazlo de todos
modos. Algunos
se apartarán de ti con temor o repugnancia, pero a tu amante le encantará este
nuevo aspecto de tu personalidad, siempre y cuando sea el amante adecuado para
ti. A algunas personas no les gustará que olfatees las cosas para ver lo que son.
Y tampoco les gustará que te tiendas de espaldas en el suelo Y' levantes las piernas
en el aire, qué horror. Niña mala. Lobo malo. Perro malo. ¿Tienen razón? No. Tú
sigue adelante y diviértete. La gente se dedica a la meditación para descubrir
su orientación psíquica. Por eso hace psicoterapia y psicoanálisis. Por eso
analiza sus sueños y crea arte.
Por eso algunas
personas estudian las cartas del tarot, se hacen el I Ching, bailan, tocan el
tambor, se dedican al teatro, tratan de desentrañar el significado de la poesía
y rezan oraciones. Por eso hacemos las cosas que hacemos. Lo hacemos para
recoger los huesos. Después tenemos que sentarnos junto al fuego y decidir qué
canción utilizaremos para cantar sobre los huesos, qué himno de la creación,
qué himno de la
recreación elegiremos. Y las verdades que digamos constituirán la canción.
He aquí algunas
buenas preguntas que podemos hacernos hasta que decidamos cuál va a ser la
canción, nuestra verdadera canción. ¿Qué ha ocurrido con la voz de mi alma? ¿Cuáles
son los huesos enterrados de mi vida? ¿Cuál es mi relación con el Yo
instintivo? ¿Cuándo fue la última vez que corrí libremente? ¿Cómo conseguiré
que la vida vuelva a cobrar vida? ¿Adónde se fue La Loba? La vieja
canta sobre los huesos y, mientras canta, los huesos se recubren de carne.
Nosotras también nos "hacemos" mientras derramamos alma sobre los huesos
que hemos encontrado. Mientras derramamos nuestros anhelos y nuestros sufrimientos
sobre los huesos de lo que éramos en nuestra juventud, de lo que sabíamos hace
muchos siglos y sobre la aceleración que percibimos en el futuro, nos ponemos a
gatas, bien asentadas. Mientras derramamos alma, nos sentimos renacer. Ya no
somos una solución aguada, una cosa frágil que se disuelve. No, estamos en fase
de transformación. Como los huesos secos, muchas veces empezamos en el
desierto. Nos sentimos privadas de nuestros privilegios, alienadas, sin
relación tan siquiera con un grupo de cactus. Para los antiguos, el desierto
era el lugar de la revelación divina. Pero, para las mujeres, se trata de algo
mucho más que eso. Un desierto es un lugar en el que la vida está muy
condensada. Las raíces de las cosas vivas se aferran a la última gota de agua y
la flor conserva la humedad, apareciendo tan sólo a primera hora de la mañana y
a última hora de la tarde. La vida en el desierto es pequeña pero brillante y
buena parte de lo que ocurre tiene lugar bajo tierra. Como en las vidas de
muchas mujeres. El desierto no es tan exuberante como un bosque o una selva. En
él las formas de vida son muy intensas y misteriosas. Muchas de nosotras hemos
vivido vidas desérticas; pequeñas en la superficie y enormes bajo tierra. La Loba nos muestra lo
valiosas que son las cosas que Pueden surgir de esta clase de distribución psíquica.
Es Posible que
la psique de una mujer se haya abierto camino hacia el desierto por resonancia
o como consecuencia de pasadas crueldades o porque no le permitieron vivir una
vida más amplia en la superficie. Muy a menudo una mujer tiene la sensación de
vivir en un lugar vacío en el que a veces sólo hay un cactus con una flor de
brillante color rojo y nada más en mil kilómetros a la redonda. Pero, para la
mujer que está dispuesta a recorrer mil y un kilómetros, hay algo más. Una
valerosa casita muy antigua que lleva mucho tiempo esperándola. Algunas mujeres
no quieren estar en el desierto psíquico. Aborrecen su fragilidad y su
frugalidad. Una y otra vez intentan poner en marcha su oxidado cacharro y bajar
dando tumbos por el camino hacia la resplandeciente ciudad soñada de la psique.
Pero sufren una decepción, pues lo exuberante y lo salvaje no está allí. Está
en el mundo espiritual, en aquel mundo entre los mundos, en aquel Río Bajo
el Río. No te engañes. Vuelve atrás, regresa junto a la roja flor
del cactus y ponte en camino para recorrer resueltamente el último y duro
kilómetro. Acércate y llama a la vieja puerta desgastada por la intemperie.
Sube a la cueva. Trepa a la ventana de un sueño. Recorre cuidadosamente el
desierto a ver qué encuentras. Es lo único que tenemos que hacer.
¿Quieres un
consejo psicoanalítico? Ve a recoger los huesos.
[1]
* Héroe ateniense al que estaba dedicado un bosque sagrado
donde Platón fundó su Academia y
donde
solían reunirse los filósofos de Atenas. (N.
de la T.)
Andamiaje Literario
"El río bajo el río"
<<Por eso hacemos las cosas que hacemos. Lo hacemos para recoger los huesos. Después tenemos que sentarnos junto al fuego y decidir qué canción utilizaremos para cantar sobre los huesos, qué himno de la creación, qué himno de la recreación elegiremos. Y las verdades que digamos constituirán la canción.
(...)
¿Qué ha ocurrido con la voz de mi alma?
¿Cuáles son los huesos enterrados en mi vida?
¿Cuál es mi relación con el Yo instintivo?
¿Cuándo fue la última vez que corrí libremente?
¿Cómo conseguiré que la vida vuelva a cobrar vida?
Estas son buenas preguntas para construir en este primer capítulo nuestra canción del río bajo el río. Aquí dejamos un poco de inspiración:

Ummæli
Skrifa ummæli
hojas al viento