Hoy descubrí al amor de Beethoven y de Goethe



Carta a su esposo:

Ignoro qué puede aún suceder allá donde las montañas azules se inclinan, allá donde el sol se pone. ¡Ah, el universo, esa estrecha morada donde apenas se puede respirar! Pienso con frecuencia que el sueño es preferible al estado de vigilia: en él, las fronteras de la eHoy xistencia se derrumban, nadie puede retenerme en la veloz carrera que me arrastra. Pero cuando velo, vuelvo a encontrarme bien en Landshut. Cuando sueño, mi lecho angosto es un asilo donde los mares son inmensos y las montañas desmesuradas, donde el Infinito se somete, toma forma y raíces. Además, únicamente en el sueño se presiente cuán infinita es el alma; el hombre navega, en uno solo de sus pensamientos, en uno solo de sus soplos, como un pececito en el agua, desconoce su origen y su destino. Si, durante el día, deseaba escalar las montañas tirolesas, por la noche, me encontraba en ellas, sumergiendo mi mirada en la inmensidad, hasta en las hondonadas más sombrías, que mi vista no alcanzaba. Y los árboles eran tan altos, que bien habría podido alzar eternamente la vista para distinguir la más alta de las cimas.
Y esta sensación de angustia en presencia de las grandes cosas que amplifican el alma, esta sensación que tantas veces deseo experimentar en los días huecos, también se apodera de mí en el sueño, y en él encuentro una quietud de la que pocas veces gozo en los días de la vida. Cosas separadas por la eternidad en los sueños convergen, como bajo el efecto de una palabra mágica; se da incluso el caso de que, en un momento de reminiscencia, se vivan auténticas historias, cuyo efecto ha pasado ya en el sentimiento, ya en el carácter.

Hoy, he soñado que estábamos sentados el uno frente al otro, delante de una ventana abierta, sobre la cual había olorosas flores; había descansado mis pies sobre los tuyos, y me sentía más a gusto, más apacible de lo que jamás me había sentido en Schlangenbad y a la orilla del Rhin: qué grandeza, qué fuerza ha asumido para mí ahora ese instante de mi sueño, pues desde hace mucho tiempo siento este deseo en la realidad y percibo al despertar la cercana posibilidad de convertir el invierno en primavera, y que tu pie sea un soporte para los míos. Sí, el soñador no debe contar sus años, pues ignora si es joven o viejo. Se dice con frecuencia que Dios no puede hacer que lo que es deje de ser; el sueño prueba lo contrario.


Bettina Brentano
(1785-1859)

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Al final de una carta de su hermano Clemens Brentano, éste le decía: "Tú y yo estamos fuera de todo orden", y Bettina, la esposa de Achim von Arnim, le contestaba: "Mi alma es una danzarina apasionada que salta siguiendo una música interior que sólo oigo yo".

- del libro "El Entusiasmo y la Quietud"
- edición de Antoni Marí
- Tusquets editores (Barcelona, 1979)

Ummæli

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