Del libro de Starhawk ---> Lunas, ciclos, danzas en espiral

Agradezco a las mujeres que se sentaron, que viajaron este domingo a la Reserva de la Biósfera de Calakmul. Gracias. En días especiales como éste, viajar implica un peregrinar... llegar al centro del bosque, de la selva y encontrar ese sitio sagrado dentro y fuera de nosotras. Éramos tres.
Llamamos, oramos, invocamos. Llegaron los ancestros. Nos hablaron los guardianes.

Desde mi concepción en este peregrinar de varios años encontrando a otras mujeres que también llevan sus huellas, sus ecos, sus tambores, sus ritos de sanación, he comprendido que nos necesitamos, nuestra mirada, nuestra sonrisa, el silencio. Necesitamos sanar para despertar y comprender desde la compasión, no la tolerancia... no, más allá, mucho más allá del respeto y la palabra, mirarnos desde lo más profundo, danzar, escuchar y continuar, la danza en espiral.

Lo que dejo a continuación son parte de nuestras lecturas del domingo.


21 de junio, domingo.
Ceremonia de bienvenida del verano. 
Luna Creciente


Del libro de Starhawk

Al principio, la Diosa es el Todo, virgen, que quiere decir completa en Sí Misma. Aunque Ella sea llamada Diosa, podría ser llamada, con la misma facilidad, Dios: el sexo todavía no ha empezado a existir. Todavía no hay separación, no hay división, no hay nada, excepto la unidad original. Sin embargo, la naturaleza femenina del fundamento del ser es enfatizada porque el proceso de creación que está a punto de ocurrir es un proceso de nacimiento. El mundo nace, no es creado, y no se le ordena existir.
La Diosa ve su reflejo en el espejo curvado del espacio, que podría ser una comprensión mágica de la forma del universo, el espacio curvado de la física moderna. El espejo es un antiguo atributo de la Diosa, según Robert Graves, en su aspecto como “la antigua Diosa del Mar pagana Marian… Miriam, Mariamne (Cordero Marino), Myrrhine, Myrtea, Myrrha, María, o Marina, patrona de poetas y amantes y madre orgullosa del Arquero del Amor… Un disfraz conocido de esta misma Marian es la doncella alegre, que es como antes de llamaba a la sirena. La figura convencional de la sirena (una mujer hermosa con un espejo redondo, un peine de oro y cola de pescado) expresa „la Diosa del Amor surge del Mar‟. Todo iniciado en los misterios eleusinos, que eran de origen pelasgo (el pueblo indígena, matrifocal de Grecia), pasaba por un rito de amor con su representante después de tomar un baño en la caldera…El espejo también formaba parte del mobiliario sagrado de los Misterios y probablemente representaba el “Conócete a ti mismo”40. A la misma sirena/madre oceánica se la llama Yemayá en África occidental e Iamanja en Brasil. El agua es el espejo original; la imagen transmitida es también la de la luna flotando sobre el oscuro mar, contemplando su reflejo en las olas. Un débil eco puede oírse en la apertura del Génesis: “La Tierra no estaba formada y estaba vacía, y el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas”. Pero hay otro aspecto más del espejo: Una imagen reflejada es una imagen invertida; la misma, pero contraria; la polaridad inversa. La imagen expresa la paradoja: Todas las cosas son una, pero cada cosa está separada, es individual, única. Las religiones occidentales enfatizan la individualidad y tienden a ver el mundo como algo compuesto de cosas fijas y separadas. La visión occidental tiene a animar el esfuerzo individual y la implicación individual en el mundo; la visión oriental anima al retiro, a la contemplación y la compasión. La brujería se atiene a la verdad de la paradoja y considera a cada visión como igualmente válida. Ambas se reflejan y se complementan mutuamente; no se contradicen. El mundo de cosas separadas es el relejo del Uno; el Uno es el reflejo de la miríada de cosas separadas que hay en el mundo.



 Todos somos “remolinos” de la misma energía y, sin embargo, cada remolino es único en su propia forma y diseño. La Diosa se enamora de Sí Misma, provocando su propia emanación, la cual adquiere vida propia. El amor del yo por el yo es la fuerza creativa del universo. El deseo es la principal energía, y esa energía es erótica; la atracción del amante al amado, del planeta a la estrella, el deseo del electrón por el protón. El amor es el pegamento que mantiene unido al mundo.
El eros ciego, sin embargo, se convierte en amor41, en un amor que, en la terminología de Joseph Campbell, es personal, dirigido a un individuo, en lugar de ser la caridad universal, asexuada de ágape, o un deseo sexual indiscriminado. El reflejo de la Diosa se hace cargo de su ser y recibe un nombre. El amor no es sólo la fuerza energetizadora, sino también un fuerza individualizadora. Elimina la separación y, sin embargo, crea individualidad. Se trata, una vez más, de la paradoja original. Miria, “La Maravillosa”, es, por supuesto, Marian-Miriam-Mariamne, quien también es Mari, el aspecto de la luna llena de la Diosa en la tradición de las Hadas. El sentido de asombro, de alegría y de deleite en el mundo natural es la esencia de la brujería. El mundo no es una creación imperfecta, no es algo de lo que debamos escapar, ni que necesite ser salvado o redimido. Como quiera que se muestre día a día, debido a la naturaleza de su ser más profundo, nos llena de asombro.
El éxtasis divino se convierte en la fuente de la creación, y la creación es un proceso orgásmico. El éxtasis está en el corazón de la brujería: en el ritual, le damos la vuelta a la paradoja y nos convertimos en la Diosa, participando de la vibrante dicha original de la unión. “La característica fundamental del chamanismo es el éxtasis”, según Mircea Eliade, y aunque él interpreta ese estado de una forma un tanto estrecha como “el alma renunciando al cuerpo”, admite que “probablemente, la experiencia extática coexiste, en muchos aspectos, con la condición humana, en el sentido de que es una parte integral de lo que se llama el hombre tomando consciencia de su manera específica de estar en el mundo.
El éxtasis produce armonía, la “música de las esferas”. La música es una expresión simbólica de la vibración que es una cualidad de todos los seres.
La canción es transportada en unas ondas que se convierten en esferas. Son las ondas del orgasmo, ondas de luz, olas del mar, electrones pulsantes, ondas de sonido. Las ondas forman esferas como gases provenientes de las estrellas, que giran confusamente. Una percepción básica de la brujería es que la energía, tanto si es física, psíquica o emocional, se mueve en ondas, en ciclos que son, en sí mismos, espirales.

La Diosa se hincha de amor y da a luz a una lluvia de espíritus brillantes, una lluvia que despierta consciencias en el mundo como la humedad despierta el crecimiento de las plantas en la tierra. La lluvia es la fructificante sangre menstrual, la sangre de la luna que nutre a la vida, así como las aguas que brotan anunciando el nacimiento, la entrega extática de vida. El movimiento, la vibración, se vuelve tan enorme que Miria es arrastrada. A medida que Ella se va alejando cada vez más del punto de unión, deviene más polarizada, más diferenciada, más masculina. La Diosa se ha proyectado; su Yo proyectado se convierte en el Otro, su opuesto, que anhela eternamente la reunión. La diferencia despierta el deseo, el cual tira en dirección contraria a la fuerza centrífuga de la proyección. El campo energético del cosmos se polariza; se convierte en un conductor de fuerzas ejercidas en direcciones opuestas. La visión del Todo como un campo de energía polarizado por dos grandes fuerzas, la Femenina y la Masculina, Diosa y Dios, que en su ser fundamental una es un aspecto de la otra, es común a prácticamente todas las tradiciones del Oficio.
 LA RUEDA DEL AÑO.
Nacimiento, crecimiento, muerte, renacimiento: el girar de la Rueda es un círculo, pues el año es un viaje circular que realizamos alrededor del sol.
Empieza en la oscuridad del año, cuando hay una grieta en el tiempo, un momento en el cual el velo es delgado, y los que se han marchado antes que nosotros y los que llegarán después no están separados de nosotros. En ese fértil momento en el cual presente, pasado y futuro se encuentran, El Niño Año es concebido. Lo que es concebido es Toda Posibilidad, pues el Niño todavía no está formado.
Decimos que el cielo nocturno es la Matriz de la Diosa, porque es oscuro como el útero y nos rodea y, dentro de él, el billón de estrellas vivas son puntos de luz, como las almas de los muertos que nadan en la oscura caldera del útero en dirección al renacimiento. Decimos que en el Solsticio de Invierno, la Gran Madre de la luz al Sol. Pero, ¿qué es lo que nace en realidad? No se trata del sol físico, de esa ardiente bola de gas. Es el Sol Espíritu que nade de la Noche Espíritu. Es el Hijo de la Promesa que despierta en nuestro interior, recordándonos que podemos ser más que lo que somos. Y, a medida que el año va creciendo, el Niño que no está formado empieza a adquirir una personalidad, a crecer adoptando la forma y el rostro que muestra ese año, a pedirnos la promesa de lo que ese año exige.
Lo que es potencial echa raíces, saca retoños y echa hojas. El espíritu del Sol entra en las semillas de la primavera. Llama a la Hija Semilla del Sol, porque ella crecerá hasta madurar, hincharse y darse a luz a sí misma. Llama al Hijo Semilla del Sol, porque él se elevará, se desparramará y volverá a caer. O llama a la Semilla Hija del Equilibrio, porque en ella se encuentran todos los opuestos. La oscuridad y la luz, el fuego y el agua, la tierra y el aire, el día y la noche son necesarios para su crecimiento.
Ahí donde hay equilibrio, hay tanto diferencia como igualdad, y de ellas nace el deseo. El deseo se sube recto, como la vara de Mayo, y el deseo se entrelaza, baila, en un arco iris de colores, como lazos colgantes, y el deseo parpadea y desprende un calor que se eleva y cae como las llamas de la caldera. Y cuando nos entregamos a las mareas crecientes de la vida, éstas nos llevan sobre la cresta de la ola: el Niño madura; el Potencial se realiza; la Semilla echa tronco y ramas y da un fruto, el cual debe caer. 


La Rueda gira. Decimos que el Solsticio de Verano es el tiempo de Dar del Sol. Llamamos al Sol nuestra Madre, porque ella nos alimenta de su propio cuerpo. Llamamos al Sol el Dios Que se Entrega, porque él se consume para generar calor y luz. Llamamos Tiempo al Sol.
Lo que sube debe caer para derramar su semilla. Lo que madura debe caer a la tierra y pudrirse. De modo que el Sol se convierte en el Viajante, El Que Desciende, El Que Conoce el Otro Lado y nos trae un nuevo equilibrio en el tiempo de la siega, cuando para vivir debemos convertirnos en el segador de la vida. Llama a la cosecha Hija del Sol, porque cada ruta madura y cada grano es una nueva matriz. Llama a la cosecha Hijo del Sol, por la semilla que cae del rayo.
Desciende, como la semilla desciende hasta el suelo. Entra en el Inframundo, el Tiempo de Soñar, el mundo del espíritu. Llama al espíritu del Sol tu Nave y navega sobre los océanos que son inmunes a la luz del sol y de la luna, absueltos del tiempo. En la distancia, algo brilla. Es un punto de luz; es una única isla en la cual se encuentran presente, pasado y futuro. Lleva contigo la carga del pasado hasta que llegues al gozne de la espiral, donde vida y muerte son una, donde lo que ha sido consumido puede ser renovado y Toda Posibilidad es acelerada hacia una nueva vida por lo que ha sido. El ciclo llega a su fin y vuelve a empezar, y la Rueda del Año sigue girando y girando.
Los rituales de las ocho fiestas solares, los Sabbats, derivan del mito de la Rueda del Año. La Diosa revela sus aspectos triples: Como Doncella, Ella es la virgen patrona del nacimiento y la iniciación; como Ninfa, Ella es la tentadora sexual, la amante, la sirena, la seductora; como Vieja Sabia, Ella es el lado oscuro de la vida, que exige la muerte y el sacrificio. El Dios es hijo, hermano, amante, que se convierte en su propio padre: el eterno sacrificio eternamente renacido a una nueva vida.
Sir James Frazer, en The Golden Bough, sigue la pista de muchas variaciones de este mito. La mayoría de ellas, como la versión comentada por Robert Graves en The White Goddess, presentan al Dios como alguien dividido en dos Gemelos rivales que representan sus dos aspectos. El Hijo Estrella, el Señor del Año Creciente, compite con su hermano Serpiente por el amor de la Diosa. Luchan durante el Solsticio de Verano, y la Oscura Serpiente derrota a la Luz y lo suplanta en el favor de la Diosa, solo para ser derrotada en el Solsticio de Invierno, cuando renace el año Creciente. 
Esta variación no es, en esencia, distinta de la que hemos presentado, siempre y cuando se entienda claramente que los Gemelos Oscuridad y Luz son aspectos de la misma divinidad. Pero cuando vemos al Dios como alguien dividido, corremos riesgo de experimentar una división en nuestro interior: identificarnos totalmente con la Luz y atribuir la Oscuridad a un agente del mal. El Hijo Estrella y la Serpiente se convierten, con demasiada facilidad, en figuras Cristo/Satán. En la brujería, el aspecto oscuro, menguante del Dios no es malo: es una parte vital del ciclo natural.
La enseñanza esencial del mito está conectada con el concepto de sacrificio. Para las Brujas, así como para otras personas que viven cerca de la naturaleza, todas las cosas (plantas, animales, piedras y estrellas) están vivas y son, en algún grado, seres conscientes. Todas las cosas son divinas, son manifestaciones de la Diosa. La muerte del grano en la cosecha o la muerte de un ciervo en la cacería eran consideradas un sacrificio divino, realizado libremente por amor. La identificación ritualista y mítica con el Dios que sacrifica honra a la chispa de la vida, incluso en la muerte, y nos prepara para dar paso con gracia a la nueva vida cuando nos llegue el momento de morir. Aumentar y menguar, nacimiento y muerte, tienen lugar dentro de la psique humana y del ciclo vital. Cada cosa debe ser bienvenida en su momento y estación adecuados, porque la vida es un proceso de cambio constante.
El Dios elige sacrificarse para permanecer dentro de la órbita de la Diosa, dentro del ciclo del mundo natural y dentro de la unión extática, original, que crea el mundo. Si Él se aferrara a cualquier punto de la rueda y se negara a dejar paso al cambio, el ciclo se detendría; Él caería de la órbita y lo perdería todo. La armonía sería destruida y se rompería la unión. Él no estaría preservándose; estaría negando su verdadero Yo, su pasión más profunda, su propia naturaleza.

Ummæli

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Poemas de Ana Blandiana

Acerca de lo que yo aprendí al caminar entre ruinas: