Descubriendo a Ambar Past

Ámbar Past, Desierto de los Leones, México. Álbum personal.



En esta entrevista que la autora ofrece a Poetas del Mundo, la autora habla de sus orígenes, de cómo escapó a "la tierra de la poesía", sobre el libro pre-hispanico, la poesía sanadora y otros temas para compartir y leernos de a poquito. Los invito a conocerla.


"Yo nací en una cultura en la cual el prestigio ante la sociedad se mide por las cosas materiales que uno posee. Además se considera que la eficiencia vale mucho más que el arte y la poesía. En la cultura industrial donde crecí en los EUA, todo era de fábrica y máquina. A los 23 años de edad, yo era una ama de casa renegada, no encontraba ningún sentido en mi vida prosaica y consumista. Sentía una añoranza tremenda por cosas hechas por las manos, la imaginación y la creatividad de los seres humanos... Buscaba la magia, el arte, la poesía... 

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Desde hace treinta siglos México celebra sus poetas: Nezahualcóyotl, Sor Juana Inés de la Cruz, Paz, Sabines. Un día, hace más de 30 años, dejé mi ropa sucia en una lavandería de California, y me escapé a la 'Tierra de la Poesía'.

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Agarré rumbo al sur...dejando atrás las autopistas y centros comerciales...pasando por volcanes, selvas y pirámides... 




El origen del arte poético, según la mitología mesoamericana, tuvo lugar en una especie de Edén tropical llamado Tamoanchan, 'Lugar de abundantes aguas'. Había allí una vegetación exuberante, árboles frondosos; entre sus flores fragantes cantaban guacamayas, quetzales, colibríes. Esas aves del paraíso eran los verdaderos inventores de la poesía.
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Los antiguos mesoamericanos pertenecían a una de sólo cinco civilizaciones en la historia de la humanidad que originó una forma de escribir sus poemas con caracteres logo silábicos como el kanji y la hiragana. 
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En una carta que el humanista Pietro Martire escribe al Papa Adrián en el siglo XVI, nos describe los jeroglíficos en los libros mesoamericanos que los conquistadores habían encontrado: 

Las letras que emplean son muy diferentes de nuestras letras y consisten en cuadritos, espirales, volutas, ovalados y otras formas dispuestos en una línea, como en nuestros libros, y son algo similar a la escritura de los egipcios. 

Los Indios de la Nueva España escriben en libros. No los encuadernan como lo hacemos nosotros, hoja por hoja, pero extienden una sola hoja a lo largo de varios cubitos y luego pegan un cierto número de hojas cuadradas hasta que el resultado parece haber pasado por las manos de un encuadernador de libros de mucha habilidad. 
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¿No les parece interesante que los europeos reconocían a los libros mesoamericanos como tales? a pesar de que los libros europeos están encuadernados en folios y los de los mesoamerindios en forma zig-zag de abanico. Los libros prehispánicos de México son una especie de mural portátil de bolsillo. Se parecen a los libros antiguos de China y Japón. 

(...)

Muchos libros de los mayas fueron destruidos por Fraile Diego de Landa en el siglo XVI, hecho documentado en su libro Relación de las cosas de Yucatán.

[Los Mayas] escribían sus libros en una hoja larga de papel doblado en pliegues, y todo encuadernado entre dos tablas; son muy hermosos y habían muchos, pero como contenían nada más que supersticiones y mentiras del diablo, los quemamos todos y esto afectó mucho a los Mayas, causándoles gran tristeza y duelo. 

Muy pocos libros se salvaron de las hogueras de historia. Sólo 22 libros prehispánicos existen, junto con 54 otros recreados inmediatamente después de la conquista por escribas quienes fueron testigos de la destrucción de su mundo. El testimonio más trágico fue el de Fernando de Alba Ixtilxochitl, un noble mexica quien describe la destrucción de la gran biblioteca de Texcoco, construida por Nezahualcóyotl algunas décadas antes de la Conquista. La biblioteca se guardaba en un edificio muy grande, con docenas de cuartos llenos de miles de libros de poesía, arte, filosofía, medicina, calendarios e historia de Mesoamérica. Cuando los frailes españoles amontonaron a los libros y los quemaron en hogueras, se dio un suicidio masivo entre la gente indígena. 

Su encuentro con México

estaba viviendo en San Francisco, California, estaba -como mencioné antes- harta de ser una ama de casa y un día abandoné a mi ropa en la lavandería y me fugué a México con unos tipos barbudos que conocí afuera de un cine...
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Me dijeron que iban al sur de México a buscar tribus y templos perdidos...algo como una película de Indiana Jones...o National Geographic. Mis nuevos amigos eran aventureros de agua blanca, tenían kayaks y una balsa inflable de 10 metros de largo y una combi volkswagen lleno de libros de arqueología y antropología... remos, balsas, cayucos, equipo para exploración de cuevas, lazos, cascos para escalar montañas, una farmacia completa incluyendo antiveneno contra serpientes tropicales, y dos docenas de cubetas blancas para manteca llenas de crema de cacahuate con dátiles y nuez de la india, granola, arroz integral, leche en polvo, avena. Los barbudos andaban buscando a una mujer quien hablaba un poco de español, como Lewis y Clark encontraron a Sacagewea, o cómo Hernán Cortés ligó a La Malinche. Yo estaba lista para huir de la «civilización» falsa donde nací; ya me urgía conocer a la poesía y la magia...tenía 23 años y me escapé de los EUA para ir a vivir con los indios en México.
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Los primeros indios que encontré en mi huida hacia el sur, estaban en el aeropuerto de Tepic, Nayarit...Eran tres huicholes que llevaban ropa típica, camisa y pantalón bordados con punta de cruz en colores fosforescentes...traían sombreros cubiertos de plumas de loro y águila...morrales tejidos a mano, collares y pulseras de chaquira.. Pregunté a donde iban y me dijeron que en la próxima avioneta iban a San Andrés Coamiata en la sierra y, bueno, no pude resistir y me fui con ellos en el vuelo y pasé más de un mes aprendiendo a tejer en telar de cintura, a hilar con un palito...me llenaba de asombro ver cómo vivían en casas construidas de palos y lodo...se veían así en los libros de cuentos...cómo tocaban sus violines diminutos en su centro de ceremonias, el caliguey, oí sus cantos rituales, presencié sus danzas, viví su alegría...y me di cuenta que ya nunca podía volver a vivir en una sociedad industrial de consumo...la parte de mi que escribía poesía añoraba nutrirse de las culturas de México.

Una mujer en los Altos de Chiapas

Era mi primer domingo en los Altos de Chiapas y la plaza estaba llena de vendedores de annato y aguacates, miel en colmena, café recién cosechado. Yo era la persona más alta de todo el mercado, la única güera de ojos azules. La gente me tenía asco. Decían que era una albina, espantosamente fea y sólo me acercaban para ofrecer venderme huipiles tejidos a mano o bolsas para guardar milagros. 

Cuando la gente maya me veía se preguntaba para qué sería útil esa Gringa. Creo que era difícil para ellos saber. ¿Sabes caminar? me preguntaban, ¿Comes borregos? Se reían de mis torpes intentos de hablar tsotsil. Yo no sabía hacer nada: ni hilar con huso, ni hacer tortillas, no podía usar ni machete ni mecapal. «Es muy floja,» repetían entre ellos, « ¡y cómo apesta!» 

A los niños que se portaban mal les amenazaban con regalarlos a la Gringa. Así pasaba yo más de un año de mi vida, sin amigas más que por interés, sintiéndome subhumana, refugiada de otra galaxia.

¿Sabía María Tzu que yo venía del país más odiado del mundo? Se rumoraba que yo robaba bebés y los convertía en aceite para los aviones. Nada más porque eran muy pobres y yo olía a dinero me acercaban. «Dame peso» me gritaban desde lejos. 

María Tzu tejía gorras para recién nacidos. Las compraban turistas en la Ciudad de México y las pedían con tintes naturales. «Tú has de saber cómo hacerlas para que les gusten a las gringas» me decía. «Enséñame». Hasta me invitó a su casa. 

Los hijos de María Tzu me estaban esperando cuando bajé del autobús. ¿Dónde viven? les pregunté. Me señalaban el camino río abajo. Y nos fuimos resbalando en el lodo rojo durante más de una hora. Cuando cruzamos el río me señalaban hacía arriba. Y así fuimos subiendo y subiendo. Cuando oscureció compraron rajas de ocote y los prendieron para no perdernos en la montaña.

Era más de la media noche cuando llegamos a la nuble bosque de la cima donde vivían con su madre en una casa de varas y lodo. Nos calentamos en una fogata en medio del piso de tierra. No había más luz que la de las brasas. 

María Tzu me hizo una camita. Extendió en el rincón un petate con una cobija que ella misma había tejido. Sus hijos ya estaban durmiendo en un nido de lana detrás de la puerta. Me acosté boca arriba mirando el juego de luces y sombras en los morillos del techo de paja. Se oía el canto del curcuvitz, y el colibrí de noche.

María Tzu se acercó a mí despacito, como se acerca a un animal salvaje. Me iba hablando bajito, su voz me hipnotizaba. Me palpó en todo mi cuerpo. Sus manos no era invasivas. Me iba amansando, poco a poco muy suave. Tocó mis senos, mi vientre, mi sexo.

«Eres una mujer verdadera» me decía con emoción. Parecía muy contenta con su descubrimiento: «A lo mejor hasta podías tener hijos. Como cualquiera.» 

La poesía y la palabra que sana

En el antiguo libro sagrado de los mayas, el Popol Vuh, consta que la poesía es el alimento de los dioses; los dioses crearon a los seres humanos para que nosotros les nutriéramos de la poesía. 

(...)

En el estado de Chiapas, a cualquiera se le considera poeta hasta comprobar lo contrario...y esto a pesar que es el estado de la república mexicana con el índice más alto del analfabetismo. 
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Entre los mayas contemporáneos, el prestigio se gana con la poesía; a una persona que sabe de memoria muchos cantos, se le llama sabio; literalmente dicen que «tiene escritura en su corazón».

En mi cultura de origen, la poesía es considerada como un lujo; entre los mayas es una parte esencial de la vida cotidiana. Me asombré al descubrir, que hasta las personas mayas que viven en una miseria material extrema se rodean constantemente con poesía de su propia creación. Hasta para pedir prestada una jícara de la vecina, se le dice en coplas...y la vecina responde con otras coplas...para pedir la mano de una mujer en matrimonio, las familias intercambian poemas. A la tierra se dirigen versos para que produzca nuestro alimento, hay poemas para que no venga el ejército, para que el murciélago no muerda al borrego, para protegernos del arco iris, para que la lagartija no coma el fríjol, para no tener que ir a trabajar en Los Ángeles y la Florida, para vender Pexi-cola. Se le canta al arpa para que toque bonito la música, se le canta al telar para que teja bien, a la Tierra para pedirle su barro. Se recitan poemas a los lagos, a los manantiales de agua para que llueva. Hay poemas para matar al hombre infiel, para alcanzar una larga vida y para curar a los enfermos...


La fuerza de la palabra puede curar o matar. Una conjuradora soba al paciente con su canto. Las palabras se vuelven bola de fuego para ganarle al hechizo del enemigo; la ilol puede apoderarse de las palabras de un brujo y volver en su contra el mal que conjuró para otro.

La mujer y la poesía

Me asombra que las mujeres mayas viven inmersas en poesía día tras día; su gran reverencia por los libros me llena también de asombro. Estas mujeres no tienen libros en sus casas, nunca han visto una biblioteca, ni una librería, no tienen escuelas donde pueden aprender a leer, pero sin embargo, las mujeres sueñan sobre libros, como si tuvieran una memoria ancestral de los libros antiguos de los ancestros que fueron destruidos hace 4 siglos...El canto es un libro que no se puede incendiar... 

Cuándo preguntaba a las conjuradoras cómo habían aprendido sus canciones y conjuros, invariablemente contestaban que los habían aprendido de libros, entre sueños: que soñaban a los primeros Madrespadres les había aparecido ante ellos cargando un gran libro donde los poemas mágicos fueron escritos en letras de oro.

El Sol, el Escritor


El Sol, según María Tzu es conocido como El Escritor, siempre lleva consigo un libro para escribir en él durante su viaje a través del cielo todos los días; apunta todo lo que sucede en el mundo. 

Manuwela Kokoroch, de Laguna Petej, Chamula, canta al Hermano Mayor de la Escritura y Pintura...él que custodia el gran libro en donde los nombres de toda la gente en el mundo están escritos, junto con las fechas de sus muertes...Aquí pide una larga vida. 

Deja que mi animal viva muchos años más
en las páginas del Libro,
en sus letras, en sus poemas
en sus pinturas,
en toda la superficie de la Tierra. 

Éste poema contemporáneo tsotsil maya nos evoca el recuerdo de un poema azteca, escrito hace más de quinientos años en náhuatl:

Sólo en tu libro de pinturas vivimos,
aquí sobre la tierra.
Con tinta negra borrarás
lo que fue la hermandad,
la comunidad, la nobleza...
Sólo en tu libro de pinturas vivimos,
aquí sobre la tierra.
*

El antiguo dios maya Itzamná inventó la escritura; su esposa creó el Universo, simplemente empezó a pintar y a escribir; todo se hizo así. Para los mayas contemporáneos, la poesía se llama «la palabra en flor». 

Los mayas yucatecas conservaron sus escritos mágicos antiguos en los Libros de Chilam Balam, el Códice de Calkin'i y -quizá la poesía más exquisita que nos heredaron los Padresmadres mesoamericanos -un volumen de encantamientos que lleva el titulo Ritual de los Bacabes, traducido del maya magníficamente por Ramón Arzápalo.

¿Quién es su madre?
Glifos de los cielos.
Glifos de las nubes.

¿Quén es su madre?
Y se dice,
Ix Hun Tah Dzib, Ella de la Gran Escritura.
Ix Hun Uooh, Ella de los Glifos.


Hechizos y otras metáforas

Viviendo en las chocitas de lodo con los Mayas tsotsiles, la belleza de los cantos mágicos de las mujeres empezó a hechizarme, sus imágenes, sus ritmos, las metáforas. Comencé a grabar los cantos en mi esfuerzo por entenderlos. 

En la casa donde vivía en Chiapas, México en 1975, una shamana llamada Pasakwala Kómes venía a curar la familia con sus cantos. Pasakwala Kómes era una curandera y bruja de Santiago El Pinar, un pueblo muy pobre [en 2008 fue señadalo en documentos oficiales como el municipio más pobre de México], donde dicen que todos son ladrones o brujos. Le pedí a Pasakwala que me permitiera grabar la historia de su vida, y sin pensarlo me dijo que sí. Fui a su casa con la grabadora y ella me platicó cómo había aprendido a curar, soñando los Padresmadres. Describió el libro de pastas rojas que le enseñaron y los conjuros escritos en letras de oro. Luego me dijo que quería oír la grabación, pero la grabadora no había captado nada de su palabra. Pasakwala se rió de mi necedad; sin embargo, estuvo dispuesta a contar otra vez su historia. Le puse baterías nuevas a la grabadora y Pasakwala volvió a decir todo. La segunda versión era mejor, detallaba cómo de niña jugaba a curar las muñecas. Me sentí aliviada, hasta que rebobiné la cinta y me di cuenta de que en esta ocasión tampoco se había grabado nada. Pasakwala no perdió la paciencia; este contratiempo le daba risa y accedió a repetir su historia por tercera vez. De nuevo cambié las baterías, limpié el mecanismo con alcohol y puse otro casete. Pasakwala habló de maravilla sobre la brujería; gran parte de lo que dijo no lo entendí bien porque yo apenas estaba aprendiendo tsotsil. Habló durante noventa minutos, pero la grabadora estaba embrujada y nunca registró nada. A Pasakwala le pareció muy cómica mi frustración. El aparato, una vez fuera de la casa de la Pasakwala, nunca me volvió a fallar.

Cuando estuve tecleando esta historia, Pasakwala la bruja apareció para atormentarme otra vez. No sé si se salió de la grabadora embrujada, pero se metió en la computadora mientras estuve tecleando este texto. Cuando llegué a la página donde me quejé de sus travesuras, Pasakwala se hizo presente. 

Los párrafos se rebelaron; Pasakwala molió y redujo a polvo las palabras. Hincó sus dientes en las páginas y luego les destrozó la cara. Desesperadas, las frases corrían de un lado para otro. Como los primeros humanos de la primera creación quienes fuero perseguidos por los comales y las ollas en el libro maya el Popol Vuh : querían subirse sobre las casas y las casas se caían y los arrojaban al suelo; querían subirse sobre los árboles y los árboles los lanzaban a lo lejos; querían entrar a las cavernas y las cavernas se cerraban ante ellos. 

Probé su fuerza de Pasakwala y así fue mi ruina. Tuvimos que llamar a otra shamana, Loxa Jiménes para que le hiciera una limpia a la computadora. Loxa prendió velas negras, rojas, verdes y amarillas y refregó el monitor con una gallina mientras rezaba:

Han tirado al cerro del tigre, 
a la cueva del tigre,
el corazón de su papel, 
el corazón de su letra
de la konputaror, Kajval.


Ummæli

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Poemas de Ana Blandiana

Acerca de lo que yo aprendí al caminar entre ruinas: