Vivir sin el devenir...

En el ahora está todo el tiempo, y comprender el ahora es estar libre del tiempo. El devenir es la continuación del tiempo, del dolor. Devenir no contiene ser. Ser es siempre en el presente, y ser es la forma más elevada de transformación. Devenir es mera continuidad modificada, y sólo hay transformación radical en el presente, en ser.

Cuando nos identificamos con otro, ¿es eso un indicio de amor? ¿La identificación implica experimentación?

¿No pone la identificación término al amor y al experimento? La identificación, ciertamente, es posesión, la aserción de propiedad; y la propiedad niega el amor, ¿no es así? Poseer es estar seguro; la posesión es defensa, es hacerse invulnerable. En la identificación hay resistencia, ya sea grosera o sutil; ¿Y es el amor una forma de resistencia autoprotectora? ¿Hay amor cuando hay defensa?

El amor es vulnerable, flexible, receptivo; es la más alta forma de sensibilidad, y la identificación conduce a la insensibilidad. Identificación y amor no pueden ir juntos, pues el uno destruye al otro. La identificación es esencialmente un proceso de pensamiento por medio del cual la mente se protege y expande; y en el llegar a ser algo ella necesita resistir y defender, necesita poseer y descartar. En este proceso de devenir, la mente o el “yo” se hace cada vez más tenaz y más capaz; pero esto no es amor. La identificación destruye la libertad, y únicamente en la libertad puede existir la más alta forma de sensibilidad.

La felicidad que brinda la verdad no puede existir si no hay experimentación en el autodescubrimiento. La identificación pone término al descubrimiento; es otra forma de pereza. La identificación es un sustituto de la experiencia, y es por lo tanto completamente falsa.

La verdad o la felicidad no pueden advenir sin emprender la jornada en los caminos del «yo”.
 No podréis viajar lejos si estáis anclados.

La recompensa y el castigo existen únicamente cuando no hay humildad. La humildad no es un resultado final de prácticas y negaciones espirituales. La humildad no es una realización, no es una virtud que pueda ser cultivada.
Una virtud que se cultiva deja de ser una virtud, porque entonces es simplemente otra forma de realización, un “récord” a establecer. Una virtud cultivada no es la negación del “yo”, sino una afirmación negativa del “yo”.

En la comprensión de la verdad, no existe el Maestro o el discípulo, ni el adelantado o el atrasado. La verdad es la comprensión de lo que es de instante en instante sin la carga o el residuo del momento pasado.

Renunciar al mundo de la riqueza, el confort y la posición, es cosa comparativamente simple; pero dejar de lado el ansia de ser, de devenir, requiere gran inteligencia y comprensión. El poder que otorga la riqueza es un impedimento para la comprensión de la realidad, como lo es también el poder del talento y la capacidad. Esta forma particular de confianza es obviamente una actividad del “yo”; y aunque sea difícil, no es imposible desligarse de esta clase de seguridad y poder. Pero lo que es mucho más sutil y oculto es el poder y el impulso que se apoyan en el ansia de devenir. La autoexpansión en cualquier forma, tanto por medio de la riqueza como por medio de la virtud, es un proceso de conflicto, que causa antagonismo y confusión.
Una mente agobiada con el devenir jamás puede estar tranquila, porque la tranquilidad no es el resultado de una práctica ni del tiempo. La tranquilidad es un estado de comprensión, y el devenir niega esta comprensión. El devenir crea el sentido de tiempo, que es realmente la postergación de la comprensión. El “yo llegaré a ser” es una ilusión nacida de la autoimportancia.

Podéis convertiros de una creencia a otra, de un dogma a otro, pero no podéis convertiros a la comprensión de la realidad. La creencia no es la realidad. Podéis cambiar vuestra mente, vuestra opinión, pero la verdad o Dios no es una convicción; es una experiencia no basada en ninguna creencia o dogma, en ninguna experiencia previa. Si tenéis una experiencia nacida de la creencia, vuestra experiencia es la respuesta condicionada de esa creencia. Si tenéis una experiencia sobre la primera, entonces la experiencia es una mera continuación de la memoria, que responde al contacto con el presente. La memoria está siempre muerta, y cobra vida sólo en contacto con el vivir presente.

La conversión es el cambio de una creencia o dogma a otro, de una ceremonia a otra más satisfactoria, y no abre la puerta a la realidad. Por el contrario, la satisfacción es un impedimento para la realidad. Y sin embargo eso es lo que intentan hacer las religiones organizadas y los grupos religiosos: convertiros a un más razonable o menos razonable dogma, superstición o esperanza. Os ofrecen una jaula mejor. Ella podrá o no ser  confortable, según vuestro temperamento, pero en todo caso es una prisión.

Si queréis descubrir la suprema felicidad de la verdad, deberéis romper con todas las ceremonias y con todas las normas ideológicas.
Cuando la mente halla que los viejos moldes ya no son satisfactorios y vivificantes, se convierte a otras creencias y dogmas más reconfortantes y más vigorizantes. Así la mente es el producto del medio ambiente, recreándose y sosteniéndose con sensaciones o identificaciones; y es por esto que la mente se aferró a los códigos de conducta, a las normas de pensamiento, etc. En tanto la mente sea el resultado del pasado, jamás podrá descubrir la verdad o permitir que la verdad se revele. Al aferrarse a las organizaciones ella descarta la búsqueda de la verdad.

Obviamente, los ritos ofrecen a los participantes una atmósfera en la que se encuentran a gusto. Los ritos, tanto colectivos como individuales, dan una cierta quietud a la mente; ofrecen un vital contraste a la torpe vida cotidiana. Hay una cierta belleza y orden en las ceremonias, pero fundamentalmente son estimulantes; y como pasa con todos los estimulantes, pronto embotan la mente y el corazón. Los ritos se convierten en hábitos; se tornan una necesidad, y no se puede prescindir de ellos. Esta necesidad se considera una renovación espiritual, una manera de fortalecerse frente a la vida, una meditación semanal o diaria, etc.; pero si uno examina este proceso más detenidamente, descubre que los ritos son una vana repetición que ofrece un maravilloso y respetable escape para rehuir el conocimiento propio. Sin conocimiento propio, la acción tiene muy poco significado. La repetición de cánticos, de palabras y frases, adormece la mente, por más que momentáneamente logre estimularla. En este estado soñoliento, ocurren  experiencias, pero son autoproyectadas. Por más satisfactorias que sean estas experiencias son ilusorias. La vivencia de la realidad no adviene mediante ninguna repetición, mediante ninguna práctica. La verdad no es un fin, un resultado, una meta; no puede ser invitada, porque no es una cosa de la mente.

El conocimiento es un relámpago de luz entre dos oscuridades; pero el conocimiento no puede trascender esa oscuridad. El conocimiento es esencial para la técnica, como lo es el carbón para la locomotora, pero no puede penetrar en lo desconocido. Lo desconocido no puede ser atrapado en la red de lo conocido. El conocimiento debe ser apartado para que lo desconocido sea; pero ¡cuán difícil es eso!

Tenemos nuestro ser en el pasado, nuestro pensamiento está fundado sobre el pasado. El pasado es lo conocido, y la respuesta del pasado siempre oscurece el presente, lo desconocido. Lo desconocido no es el futuro, sino el presente. El futuro no es más que el pasado que se prolonga a través del incierto presente. Esta brecha este intervalo, es llenado con la intermitente luz del conocimiento, que encubre el vacío del presente, pero este vacío contiene el milagro de la vida

La ignorancia es la falta de conocimiento propio; y el conocimiento es ignorancia cuando no hay comprensión de los procesos del “yo”. La comprensión del “yo” es la liberación del conocimiento. Sólo puede haber liberación del conocimiento cuando es comprendido el proceso de juntar, el motivo de la acumulación. El deseo de almacenar es el deseo de estar protegido. Seguro. Este deseo de seguridad a través de la identificación, de la condenación y justificación, es la causa del miedo, que destruye toda comunicación.

No puede haber generosidad del corazón mientras exista una memoria referencial mientras exista el “yo” y lo “mío”.

La mente únicamente conoce la continuidad, y mientras exista su continuidad no puede recibir lo nuevo. Lo que es continuo jamás puede hallarse en un estado de vivencia. La experiencia no conduce a la vivencia, que es un estado sin experiencia. La experiencia debe cesar para que la vivencia sea.

Para afrontar la vida debe haber vulnerabilidad, y no el respetable autoencierro de la virtud. No se puede alcanzar lo más elevado; no hay ningún sendero, ningún matemático crecimiento progresivo que conduzca a ello. La verdad debe venir, no podéis ir hacia la verdad, y vuestra cultivada virtud no os llevará hacia ella. Lo que alcanzáis no es la verdad, sino vuestro propio deseo autoproyectado; y sólo en la verdad hay felicidad.


Al comprender el proceso de la mente, que es el “yo”, surge la virtud. La virtud no es resistencia acumulada; es la espontánea alerta percepción y la comprensión de lo que es. La mente no puede comprender; puede traducir en acción lo que se ha comprendido, pero no es capaz de comprender. Para comprender, debe haber el calor del reconocimiento y recepción, que únicamente puede dar el corazón cuando la mente está silenciosa. Pero el silencio de la mente no es el resultado de un astuto cálculo. El deseo de silencio es la maldición de la realización, con sus incesantes conflictos y penas. El ansia de ser, negativa o positivamente, es la negación  de la virtud del corazón. La virtud no es conflicto y realización, práctica prolongada y resultado, sino un estado de ser que no es la resultante del deseo autoproyectado. No hay ser si hay una lucha por ser. En la lucha por ser hay resistencia y negación, mortificación y renunciación; pero la superación de las mismas no es virtud. La virtud es la tranquilidad de la liberación del ansia de ser, y esta tranquilidad es del corazón, no de la mente. Por medio de la práctica, de la compulsión, de la resistencia, puede la mente aquietarse, pero esta disciplina destruye la virtud del corazón, sin la cual no hay paz, no hay dicha; porque la virtud del corazón es la comprensión.

Krishnamurti.

Ummæli

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Acerca de lo que yo aprendí al caminar entre ruinas: