Cuento para navegantes de mares profundos

La piel del agua y un navegante extraviado

Ella enviaba esporádicos mensajes. Le hacía saber que a donde iba estaba bien. Él los leía, pero pocas veces respondía, así que cuando lo hacía generaba en ella la luz de su día.

A pesar de esto, los días para ella contenían grandes cantidades de sol y azules cielos intensos, sin nubes de por medio, o con las suficientes para anunciar corrientes de aire del norte. Pero jamás en esa época generaban lluvias o cielos totalmente nublados.

Por esta precisa circunstancia, ella viajaba siempre hacia el sur. El planeta era un territorio enorme para los navegantes y exploradores. Digamos que ella era humilde en sus búsquedas. Rara vez salía de su territorio delimitado por un país. Por el país en que nació.

Él, por su parte, era otra clase de navegante, pero navegante a fin de cuentas. Él navegaba la música de las olas desde la orquesta sinfónica que dirigía. Él manipulaba su propia barca en ondas cortas que llevaba del primer violín, o del primer chelo, al último percusionista que apenas se descubría en escena; a aquel con el pequeño triángulo metálico que maniobraba cada tiempo lejano en que un horizonte se abría frente al preludio de la ópera que interpretaban al unísono en el escenario.

Pero nuestro director, fuera de la orquesta, era un navegante extraviado. Un maravilloso ser sin brújula que daba tumbos en su propia embarcación.

Así ella lo aprendió a amar.

Fue en el mar. Donde lo conoció.

Él la miró detenidamente, como cuando tenía en sus manos por primera vez una obra para leer y debía encontrar el ensamble perfecto para armar y armonizar cada nota musical. Ahora que ella lo recuerda, ese verano en que sus pasos se encontraron en el muelle de una recóndita isla en el Caribe de su caótico país, él la miró por vez primera como siempre la vería en las esporádicas citas que el tiempo les daría para encontrar la música en el viento, en las estaciones, en el tiempo que nunca es el mismo pero eternamente, no existe.

Él, nuestro director de orquesta, miró por primera vez a la chica de mar, como una pieza que por primera vez sería leída para interpretar, en una casa en medio de las olas. Él entró, por cortesía de la chica de trenza alrededor del cuello cayendo por su hombro y blusa ligera negra, sonrisa limpia y cálida como el cielo que los rodeaba:

          Pero entra, mira cuánto sol.

Entró, seguido de su madre que, con mirada chispeante totalmente opuesta a la mirada cansada del músico, agradeció la invitación de la chica que a simple vista no parecía alcanzar ni veinte años en altamar.

La pequeña palapa estaba a un metro sobre el mar y alejada de la playa por un par de metros más. Era la antesala al muelle donde zarpaban las embarcaciones que en verano recorrían varias millas náuticas para visitar al pequeño gran pez gigante con el que podías bucear o arrepentirte el resto del año por no haberlo hecho sintiendo que una oportunidad como esas en la vida sólo se daban una vez, y con mucha suerte.

Como esa historia del gigante pez que no era tiburón ni tampoco ballena, así  se sentiría nuestro músico días después cuando era un hecho que la chica de la palapa del muelle no apareció más durante la breve estadía de él y su madre en aquella mágica isla de bicicletas y carritos de golf, arena blanca y noches que invitaban a escribir una historia para recordar durante el resto del año.

     Te busqué aquella noche. Volví a tu casa sobre el mar. Quise invitarte a cenar, a caminar. La orilla del mar quería besar alguno de tus secretos a mi lado pero nada pasó. Tú desapareciste como luna nueva de repente.

Ella no había desaparecido, simplemente en sus noches solía salir con su grupo de amigos por otras esquinas de aquella pequeña isla y el músico no pareció -con su misterioso silencio de aquel mediodía mientras la miraba con profunda atención-, mostrar interés por salir con ella esa misma noche.

Él sólo se había dedicado a mirarla atravesando el túnel de un impenetrable bosquejo de miedos y dudas sobre “qué pasaría sí”…

En realidad, ¿qué había visto aquel hombre misterioso de pálida tez y barba descuidada, que de no ser músico parecía más bien un pescador que acababa de volver de una larga travesía a mar abierto sin nada o casi nada para sobrevivir en tierra los siguientes días, o meses o años?

Apenas había pasado el primer año desde aquel encuentro.
Ninguno de los dos aún responde esa pregunta.

Ella continuó cercana a él. Lo acompañó en algunos conciertos antes, durante, y después e incluso mucho después de que hubiese finalizado.

Ella quiso comprobar la niebla de su mirada. Viajó así varias veces por cielo, mar o tierra intentando indagar qué era aquello que pasaba: ¿el estrés por una presentación?, ¿el estrés por las siguiente fechas de conciertos?, ¿el estrés por las cámaras, las entrevistas, por el rostro que debía sonreír y agradecer frente a los reflectores dando la mano al pianista, la violinista, la primera bailarina de ballet, la artista de moda que cantaba como pajarito en abril?

¿Cómo saberlo?, ¿sobre sus labios en una librería de la capital del país una tarde en que él decidió tomarse unas horas para comer con ella después de topársela por pura casualidad como quien encuentra a una chica de espuma y sal un verano en una isla casi desconocida por la mayoría de los lectores de revistas y de viajes?

Ella le ha escrito nuevamente desde el sur. Levantó nuevamente amarras y se encuentra en un pueblito de pescadores haciendo de su casa un museo como lo indica el proyecto para el que trabaja. 
Ella esperaba impaciente su respuesta hasta que los días le hicieron olvidar el beso incluido como postre en la comida aquel agosto que se encontraron totalmente de improviso en la caótica capital de su caótico país. Caminaron lentamente recorriendo los estantes de libros. Recomendándose mutuamente autores y títulos, y cuando él le ha pedido subir al área de poesía ella se ha mostrado totalmente emocionada de tan encantadora propuesta que en medio de las escaleras se sentó para tomar libros de poetas y leerle fragmentos hasta que él no pudo más con las palabras que se tejen suave y delicadamente como la red de un pescador una mañana eterna de domingo sin reloj y ha decidido pescar desde sus labios un beso enorme que no es tiburón ni ballena sino un extraordinario beso que le dice, quiero quedarme a bucear más tiempo.

No bucearon, ni pescaron. Se miraron a los ojos llenos de temor porque la orquesta lo esperaba en alguna sala de conciertos bajo el mar de la ciudad y a ella el mástil que la eleva con su poesía a otros mares le impedía pasar una tarde bajo el mar de su armonía sinfónica.

Se acobijó ella en ese beso, en aquella tarde, en sus palabras.

     Eres  lo único que quiero aquí a mi lado esta tarde.

El manejaba su auto blanco. Ella miraba su perfil al volante. Los ojos que la miraron la vez primera en el mar, volteaban a mirarla en un semáforo en rojo y tocaba con sus manos su pierna descubierta.
      
     Eres lo que quiero aquí a mi lado, no te tienes que ir a ningún lado.


Ella le escribe un cuento a donde quiera que va. Ella dirige otras orquestas. Sinfonías de viento y pléyades en el cenit, en mares donde los atardeceres son una aurora boreal. Y una esperanza también.

Una esperanza nadie sabe de qué.

Sofia Clevit 16nov.2014

Ummæli

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