Migrar, como las aves - III Desde mis ojos
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| Helen, 17 de abril-2014. Apazco, Edo. de México. Sofía Clevit, fotografía. |
El alma es un pájaro. Y como un pájaro en su jaula el alma habita un cuerpo. Nuestro templo de arcilla. Y se vuelve parte de nuestra "gravedad" con sus 23 gramos de peso.
El alma es frágil, friolenta, de plumas de colores, delicada, ligera, dispuesta a desaparecer y, sin embargo, INDESTRUCTIBLE*. El alma se percibe como un "impulso ascendente, una voluntad de escapar de esa gravedad".
De acuerdo al mito hemos caído del cielo a una tierra que pesa bajo nuestros pies. El sueño del hombre es, convertirse en pájaro.
O quizá no. Quizá el sueño de muchos solo sea migrar.
Migrar como las aves, con la nostalgia del cielo azul.
Aquí finaliza la poesía, la mirada al cielo y bajamos los ojos al camino, sobre las vías del tren. Aquí inicia lo que mis ojos ven, poco a poco, más de cerca:
Hace un par de semanas sin pastoral de por medio, sin organización como bandera, un pájaro de pecho rojo observaba sobre los cables que circundan la Cementera de Apazco el paso de los migrantes en el tren que transporta cargas de noche y de día, de sur y norte.
La llamada Bestia. La que ruge y despide en su ruido al miedo, a la noche, la voluntad de acero de los que se acogen a la Providencia, a un Porvenir más justo, menos humillante.
Los migrantes no viajan en tren porque en bus se enfrentan a la revisión migratoria. Viajan porque buscan, porque la mayoría de ellos tienen sueños, tienen esperanzas. Yo lo vi en sus miradas. Muchos de ellos tienen dibujado el horizonte lleno de luz en las pupilas. Muchos de ellos oran. Te bendicen. Muchos de ellos, hombres, mujeres, niños pequeños, jóvenes, profesionistas, maestros, necesitan lo mismo que nosotros, acobijarse en el escudo de la fe.
“Estamos con más preocupación porque ahora ya no solamente tenemos que asistirlos, cuidarlos y protegerlos en los albergues, ahora tenemos que salir a la calle con ellos para acompañarlos y defenderlos allí también en los caminos”, apuntó Solalinde, quien calcula en unas 8 mil personas las que cruzan cada mes la frontera sur de México.
Y entonces uno, tiene que estar ahí para ellos. Porque como lo testifica el papa Francisco en la entrevista de Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti:
Salir hacia ellos es salir de nosotros mismos. Salir de la ´iglesia clientelar´ para convertirnos en iglesia misionera´´.
La Biblia tiene 10 mandamientos pero también tiene Bienaventuranzas y es en ellas que mucha gente a lo largo de México se ha unido sin iglesia de por medio o con una renovada y segura de lo que implica estar del lado del que sufre, del más necesitado, para darles de comer y de beber.
Quien busca una experiencia religiosa podría visitar un refugio para el migrante y encontrar a Jesús crucificado, a Jesús compartiendo y consagrando el pan y el vino. Por ejemplo, puede visitar a Las Patronas, y tener un conversación de conversión al escuchar a Bernarda y sus 19 años trabajando en ese refugio de Amatlán de los Reyes, Veracruz. Sus historias, su testimonio es un valioso mensaje y una valiosa prueba de la existencia del amor de Dios en quien ha encontrado el sentido de su vida en el servicio al Otro.
Al Otro que también eres tú, y yo.
Si de acuerdo a Bergoglio y su propia oración lo que él pide es un corazón manso, que desde la mansedumbre podamos darle su lugar al otro, la invitación es, visiten una casa de migrantes.
Si de acuerdo a El viejo Tello y la Pastoral Popular, "la fe crea la historia", estamos en un momento decisivo para vivir desde la fe el anuncio de una fraternidad renovada y agrego:
<<Dios pone en el alma una virtud (una fuerza) para que tenga la audacia de lanzarse a conquistar lo imposible. Las fuerzas de Dios están escondidas como el tesoro en el campo. El evangelio es descubrir la fuerza que Dios puso en nosotros>>.
"Intimidad itinerante y comunión misionera". Actualmente y como lo refiere el Evangelii Gaudium, "se manifiesta una sed de ciudadanos que quieren ser constructores del desarrollo social y cultural".
Estamos entonces llamados a cuidar la fragilidad del alma, la grandeza sagrada del prójimo, el modo de relacionarnos con los demás desde una fraternidad mística y contemplativa.
El amor que es la no-muerte en su sentido etimológico. El amor que pesa el alma al sentirla en un abrazo, en una bendición, en mirarnos a los ojos desde nuestra arcilla, con el pájaro que canta en nuestra mirada.
Sofía Clevit, Córdoba, Veracruz-México para el Diplomado en Amor Sólido. 2014.

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