Relato de cómo ella se convirtió en navegante

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Ella comenzaba a trazar nuevos puertos de llegada.

Aquel que había sido su puerto de partida ya había quedado completamente atrás. Si cuando era una adolescente y se despedía de él al terminar la tarde -por el deber de cumplir con un horario en casa-, y daba la vuelta para ese regreso al hogar, ella no miraba hacia atrás.

No volvía la espalda, no detenía sus pasos, no bajaba la cabeza en señal de un instante de derrota por la despedida del chico al que creía que quería tanto tanto.

En cambio él, su puerto, se mantenía estático mirándola partir. Tuvo muchos días de prueba para comprobar que aquella chica no volvía nunca la mirada atrás.

Él creía que la amaba aún con aquella imagen que siempre guardó de ella, caminando solitaria por la calle rumbo a casa mientras él la contemplaba desdibujarse al doblar la última esquina de sus calles de papel, en una ciudad de cartón, en un país trazado en un mapa, en un planeta que a veces parecía la farola de un callejón oscuro -como aquel que los contempló a los dos años después que crecieron un poco más, y se convirtieron en universitarios que vagaban de noche algunos viernes cuando él viajaba desde otra ciudad para visitarla, por el Callejón del Diamante, al que ella bautizó como el Callejón del Gato Estrellado-, aquel, podríamos decir, era un planeta entero. Con sus propias lunas.

Lunas que desaparecieron una vez que no sirvieron de nada en los relatos que ella en diarios escribió y  que, años después que crecieron un poco más, él decidió quemar.

La literatura se cumplía puntual en sus vidas. Llegaría como Ray Bradbury lo había predicho, un bombero que no apagaría fuego sino que lo generaría para olvidar las historias de todo el planeta, de muchos corazones que en su juventud también vagaron solitarios en calles empedradas de ciudades como laberintos que un día no serían más postales si no territorios en guerra, teñidos de sangre, de periódicos hechos trizas, útiles para bombas caseras y otro tipo de explosivos.

Un día las historias que los jóvenes enamorados creían eternas, dulces y posibles, te despiertan con un sonido seco al amanecer en tu ventana. Apareces vacío en tu cama, corres al alféizar, y la ciudad de papel está rota, quemada de sus esquinas, humedecida en otros ángulos...
Los contornos de las ciudades se pierden... Pero nada se olvida.

Regresas a tu cama vacía, la miras con ambas manos en tu cintura, pues estás de pie a un lado, frente a tu almohada, sin sueños, enmudecida, una almohada blanca con el hueco de tu cabeza bien marcado, hasta los hilos de baba... las sábanas enrolladas entre preguntas que durante la noche no fueron a ninguna parte, no reconocieron el camino de vuelta a alguna parte y decidieron dejar testimonio de que en los sueños hay caminos que no te llevan a ninguna parte.

Olores de gatos, de su pipí. Aromas de campo, de montaña cercana de lluvia evaporada dos horas antes. Sonidos de cuerdas, un pequeño edificio para estudiantes de música. ¿En dónde has navegado toda esa noche?

Estabas sola, en una habitación que ni siquiera era la tuya. ¿Recuerdas que vives cruzando el parque, subiendo la pendiente, tres cuadras hacia la derecha, a una y media de la zona de los lagos que alguna vez no olieron a peces muertos?



Continuará...

Ummæli

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Poemas de Ana Blandiana

Acerca de lo que yo aprendí al caminar entre ruinas: