Carta a fin de invierno el primer día de primavera

Tengo que mirar hacia atrás,
porque dicen que así se coge impulso para saltar.

Tengo que saltar.

Hace tres años habité el dolor.
Hace dos años habité una isla.
Hace uno, un monasterio medieval.

Éste año, sin especificar coordenadas geográficas, un corazón intentó llegar y habitarme, y justo cuando abría mis ventanas, las de los ojos, las del impulso... justo cuando la mano del hombre tocaba la mano que en mi caso son única parte orgánica frágil... y casi al instante de aceptar el calor, de una historia, de lo que el semáforo en verde nos iba a dictar. Casi cuando me acostumbraba a los mensajes de "paso por ti", a la sonrisa exclamando "te llevaré a cenar"... a la mirada buscando de reojo mi aprobación en el lado del copiloto en su auto. Casí cuando me acostumbraba a orar los jueves en un lugar que comenzaría a ser parte de una historia con posibilidades... detiene su mano, pisa el freno, mira  más allá del parabrisas y cierra el telón... con palabras grises me narra una historia dentro de una historia...
Que el tiempo que no estuve comenzó a salir, a conocer, a darse el tiempo de mirar más allá del parabrisas.
No entendió que yo era su copiloto, que hay que ver junto a mí el paisaje, y que juntos podíamos ver por el retrovisor, pero siempre para conducirnos hacia el frente.

Las relaciones de los hombres y las mujeres en la posmodernidad son la clave de una cuenta en el banco... dígitos, y dinero instantáneo.

Yo ya no habito el romance, ni en el cine se vive.

Se extinguió y en mi caso no es reclamo, es sólo una observación.

Los hombres quieren a una mujer como si ésta fuese una sopa instantánea.

Y yo que soy como un caldo de marinero en alta mar.

Ummæli

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Poemas de Ana Blandiana

Acerca de lo que yo aprendí al caminar entre ruinas: