"La otra mitad del cielo"
I
Cada historia de amor
es un teatro de sombras
donde los personajes
cumplen con su destino
entre la luz del relámpago
y el estruendo del cielo.
Cada pájaro blanco y negro
es el enigma de una melodía
cantando como la lluvia
para las sombras de una voz.
II
Todas las sombras son superficiales,
aunque éstas sean proyectadas
por distintos cuerpos.
Es por ello que los viajes comienzan
en el norte de una alcoba nevada
y llegan hasta la cruz del sur.
Como la luna que tiembla en el agua
y que baja desde sendos volcanes
hasta el ombligo de la laguna.
III
Todas las sombras son superficiales,
aunque éstas sean proyectadas
en distintos cuerpos.
Dobles imágenes del cazador y de la presa
en la metamorfosis de los elementos
soñados por una bola de cristal.
Alas de polvo en las escalas del tiempo
de un caracol que lento se desdobla
ante la inminencia de un acuerdo
y que no renuncia a estar vivo
en la memoria del espejo.
IV
Cielos rojos, leones del oído, alturas
encendidas en las constelaciones
de una rosa oculta en el verano
fugaz de la intuición.
Especulaciones de una fuente y un calendario
que se encuentran casual y simplemente
en el interior del satín decorado
con iniciales de un guante.
Abjura de las sombras, pues son superficiales...
con la excepción, claro, de las sombras
que arroja el corazón de un poema.
"Las jaulas del tiempo" Alberto Blanco"
Cada viaje y su camino nos arrojan a un abismo profundo dentro de nosotros mismos. Este viaje de fin de semana a Oaxaca me llevó al centro de mí otra vez. A conocer y reconocer a la amiga con la que viajé. Pasaron más de 10 años para que ella y yo, amigas desde la primaria, volviésemos a coincidir en tiempo para movernos a un espacio diferente.
Los compañeros de viaje son los menos casuales, los menos azarosos, son, en pocas palabras los que más me gustan.
Porque en un viaje aprendes del otro y te reconoces en él... y si sabemos leer un poco los símbolos y la música que corre entre dos pares de pasos que recorren calles antiguas, montañas olvidadas y ruinas arqueológicas explotadas... en el corazón del otro, te encuentras a ti mismo.
Y en la tierra mexicana uno descubre el gozo de un corazón que no se cansa de celebrar la vida y la luz que vibra.
Oaxaca está llena de cactus y nopales, frutos del corazón ancestral de nuestra tierra despojada siglos atrás.
Pero somos nosotras y el viaje quienes lo volvemos a llenar de significados y de un nuevo lenguaje que respire con el corazón.
Oaxaca es un corazón puro y humilde.
Su gente y su historia están habitadas de dignidad, no de olvido.
Quizá depende de la clase de "turista" o de simple visitante que se es, para mirar con ojos precisos esa otra realidad.
Fuera de la desigualdad social y económica, de la injusticia y la corrupción que se respira en el aire, a donde quiera que uno voltee, si mira uno al cielo, a las serranías, al árbol del Tule... uno encuentra esa otra historia que nos habita en la sangre.
Siempre que viajo por México me llega un sentido de orgullo a los oídos y se asoma por todos mis sentidos... ser mexicana no por la tierra no por la patria no por el nacionalismo, ni siquiera por una "identidad" geopolítica... ser mexicana es una religión en sí misma.
Puedo hablar de su calle principal que parte de la catedral de Santo Domingo hacia el sur de la ciudad, o de los pueblos que hilan colores, como Teotitlán del Valle, en donde don Antonio me explicó con tanta paciencia el arte de urdir la lana y teñirla... de don Miguel el arqueólogo de Zaachila que nos permitió bajar a un túnel a explicarnos el paso a la otra vida... sus seres mitológicos, el hombre-chamán con caparazón de tortuga que no sólo me recordó sino me comprobó mi propia mitología en El Corazón de Jade a través de Mapimí... verlo grabado en una tumba ancestral zapoteca me aclara mis propias rutas en donde la escritura no es más que un sueño de la propia vida.
Mitla, San Bartolo Coyotepec, Monte Albán...
No hay fotos ni palabras que puedan hablar de lo que rebosa el corazón... aquel corazón que sabe respirar.
Excepto la poesía que descubrí al conseguir en el museo de Monte Alban, el libro de Alberto Blanco titulado "La otra mitad del cielo".
Cada historia de amor
es un teatro de sombras
donde los personajes
cumplen con su destino
entre la luz del relámpago
y el estruendo del cielo.
Cada pájaro blanco y negro
es el enigma de una melodía
cantando como la lluvia
para las sombras de una voz.
II
Todas las sombras son superficiales,
aunque éstas sean proyectadas
por distintos cuerpos.
Es por ello que los viajes comienzan
en el norte de una alcoba nevada
y llegan hasta la cruz del sur.
Como la luna que tiembla en el agua
y que baja desde sendos volcanes
hasta el ombligo de la laguna.
III
Todas las sombras son superficiales,
aunque éstas sean proyectadas
en distintos cuerpos.
Dobles imágenes del cazador y de la presa
en la metamorfosis de los elementos
soñados por una bola de cristal.
Alas de polvo en las escalas del tiempo
de un caracol que lento se desdobla
ante la inminencia de un acuerdo
y que no renuncia a estar vivo
en la memoria del espejo.
IV
Cielos rojos, leones del oído, alturas
encendidas en las constelaciones
de una rosa oculta en el verano
fugaz de la intuición.
Especulaciones de una fuente y un calendario
que se encuentran casual y simplemente
en el interior del satín decorado
con iniciales de un guante.
Abjura de las sombras, pues son superficiales...
con la excepción, claro, de las sombras
que arroja el corazón de un poema.
"Las jaulas del tiempo" Alberto Blanco"
Cada viaje y su camino nos arrojan a un abismo profundo dentro de nosotros mismos. Este viaje de fin de semana a Oaxaca me llevó al centro de mí otra vez. A conocer y reconocer a la amiga con la que viajé. Pasaron más de 10 años para que ella y yo, amigas desde la primaria, volviésemos a coincidir en tiempo para movernos a un espacio diferente.
Los compañeros de viaje son los menos casuales, los menos azarosos, son, en pocas palabras los que más me gustan.
Porque en un viaje aprendes del otro y te reconoces en él... y si sabemos leer un poco los símbolos y la música que corre entre dos pares de pasos que recorren calles antiguas, montañas olvidadas y ruinas arqueológicas explotadas... en el corazón del otro, te encuentras a ti mismo.
Y en la tierra mexicana uno descubre el gozo de un corazón que no se cansa de celebrar la vida y la luz que vibra.
Oaxaca está llena de cactus y nopales, frutos del corazón ancestral de nuestra tierra despojada siglos atrás.
Pero somos nosotras y el viaje quienes lo volvemos a llenar de significados y de un nuevo lenguaje que respire con el corazón.
Oaxaca es un corazón puro y humilde.
Su gente y su historia están habitadas de dignidad, no de olvido.
Quizá depende de la clase de "turista" o de simple visitante que se es, para mirar con ojos precisos esa otra realidad.
Fuera de la desigualdad social y económica, de la injusticia y la corrupción que se respira en el aire, a donde quiera que uno voltee, si mira uno al cielo, a las serranías, al árbol del Tule... uno encuentra esa otra historia que nos habita en la sangre.
Siempre que viajo por México me llega un sentido de orgullo a los oídos y se asoma por todos mis sentidos... ser mexicana no por la tierra no por la patria no por el nacionalismo, ni siquiera por una "identidad" geopolítica... ser mexicana es una religión en sí misma.
Puedo hablar de su calle principal que parte de la catedral de Santo Domingo hacia el sur de la ciudad, o de los pueblos que hilan colores, como Teotitlán del Valle, en donde don Antonio me explicó con tanta paciencia el arte de urdir la lana y teñirla... de don Miguel el arqueólogo de Zaachila que nos permitió bajar a un túnel a explicarnos el paso a la otra vida... sus seres mitológicos, el hombre-chamán con caparazón de tortuga que no sólo me recordó sino me comprobó mi propia mitología en El Corazón de Jade a través de Mapimí... verlo grabado en una tumba ancestral zapoteca me aclara mis propias rutas en donde la escritura no es más que un sueño de la propia vida.
Mitla, San Bartolo Coyotepec, Monte Albán...
No hay fotos ni palabras que puedan hablar de lo que rebosa el corazón... aquel corazón que sabe respirar.
Excepto la poesía que descubrí al conseguir en el museo de Monte Alban, el libro de Alberto Blanco titulado "La otra mitad del cielo".
Ummæli
Skrifa ummæli
hojas al viento