Cinzia Ricciuti, Milan Kundera

Kundera, siempre Kundera, cada cuatro o cinco años, cuando alguien 
me lo recuerda, cuando necesito desnudar las cosas, cuando quiero 
que me sean dichas sin adornos.
Leo La Insoportable Levedad del Ser.
Me pregunto si de verdad me gusta ese libro o si simplemente me 
acostumbré a decir que me gusta o si me gustó alguna vez y ya no.
Igual lo leo, lo devoro.
Kundera y su sinceridad.
Kundera y sus personajes miserables que no tienen ni siquiera el 
derecho a un poco de realidad. Sacados de su mente, expuestos, solos, 
sin sangre.
Kundera el cirujano de los sentimientos.
El que habla siempre de pesadillas.
El poco poeta.
No hay amor en Kundera.
La amargura por su Praga invadida, por los rusos, por la incertidumbre, 
por la indignidad.
Es tiempo de horrores, me digo.
Y sigo.
Leo a sus mujeres.
Sus hombres no me gustan. Aman y no lo saben, odian y no lo saben.
Odian amando, aman odiando.
Tienen miedo. Son hombres. Me alejo.
En sus mujeres...me reconozco.
Kundera hubiese podido ser mujer.
Hay muchas escenas con espejos.
Mujeres desnudas viéndose al espejo.
¿Nos vemos realmente?
¿O el espejo es un tránsito, un puente hacia ese mundo que 
no entendemos y que es nuestro?
¿Nuestro?
Kundera me pone difícil.

Ummæli

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