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Desde tierras mayas
Chichén Itza, marzo. 2011
Por un deseo no sé si de la edad, de los tiempos que nos acechan -que parecen caernos encima como una dura e impostergable tormenta-, he corrido veloz hasta la orilla de la península de Quintana Roo. Escribo mientras voy recorriendo y descubriendo tierras mayas y horizontes turquesas.
Hace un par de años tuve la posibilidad de trabajar en comunidades indígenas adheridas al movimiento zapatista e independizadas gracias a lo mucho o poco que esa ideología logró en esas zonas de los altos de Chiapas; armando mi proyecto de investigación sobre la forma de educar llamada “La Otra Educación” -de lo que espero hablar en otra ocasión-, lo que aprendí fue por completo otra forma de vivir.
Al convivir con los tzeltales y con gente de muchas otras partes del mundo intentando encontrar otras alternativas y modelos sustentables para vivir una vida más simple, menos automatizada y vertiginosamente industrializada, lo que ocurrió fue que me encontré –entre otras cosas-, de cara con el pasado de las ruinas arqueológicas descubriendo que de haber empezado por exploraciones desde niña, en vez de libros hubiera optado en definitiva por la arqueología, o la astroarqueología, o la etnología, o decenas de estudios que a veces como adolescentes ni nos enteramos que existen.
Conocer nos abre las brechas a un conocimiento sin límites, a preguntas que se abren a nuevos cuestionamientos y se entra en esa uroboros, en ese arquetipo de una serpiente que se muerde la cola y donde la existencia cobra una secuencia de posibilidades infinitas. ¿Dónde estamos parados, en el fin o en el origen?... Los puntos hacen la línea recta uno a uno, pero en estos casos lo único que he entendido es que el conocimiento es una espiral sin fin.
Las preguntas que comencé a hacerme sobre los mayas, sobre su cosmovisión del mundo; su tradición tan actual como milenaria de educar y de vivir en comunidad, de creer en el dios del sol, del maíz, de la lluvia… su forma de ser madres, de ser padres, de ser abuelos, esposas, hijos… sus creencias en la chulel (el alma), en el lekil kuxlejal (la forma de vivir una vida buena, sana y valiosa), me hizo comprender que México es un país con un mosaico de culturas llenas de colores vivos y de vida mágica, es decir, que las culturas y la historia en México tienen una llama viva, una energía intensa del color de sus mares turquesa, de sus campos verdes y de sus árboles amarillos que desde donde estés sé que puedes descubrir uno.
Este pasado equinoccio de primavera frente a la Pirámide de Kukulkán en Chichén Itza, esperando el momento en que la serpiente descendiera y se formara la sombra de su cuerpo al hacer contacto con su cabeza labrada en piedra a la orilla de la pirámide, al ser parte de la hierofanía, es decir, de la manifestación de algo sagrado en el plano terrenal… pensaba que maya en maya significa mente y en sánscrito significa ilusión.
¿Quiénes fueron los mayas?, hombres tan inteligentes, de una religiosidad matemática incomparable a ninguna otra cultura. Ahora, estudiando su calendario sagrado, en postrimerías del cambio radical que ocurrirá –que ya está ocurriendo con la humanidad- y que podremos constatar el año siguiente ya ubicado a nivel internacional como el año de la cultura maya; la pregunta me sacude: entre la historia de una cultura maravillosa, de las más impresionantes que poblaron la tierra, ¿qué nos queda, como mexicanos, como miembros que comparten un territorio común, por su música, su comida, sus costumbres? ¿Qué parte del pensamiento maya tenemos entre nosotros que formen parte de nuestra visión del mundo?
Los mayas estipularon la fecha 3114 a.C como el origen de la creación –así como nosotros marcamos una nueva era desde el nacimiento de Cristo- la cual acaba, de acuerdo a uno de sus varios calendarios, el 21-23 de diciembre de 2012.
He llegado a escuchar y leer teorías que integran a los mayas a un plano intergaláctico, miembros de una civilización más avanzada que la nuestra, que intentan ponerse en contacto con los humanos para explicarnos cómo podemos pasar a una cuarta dimensión, a la de un no-tiempo y un no-espacio. Conceptos dignos de debatirse en otra entrega de esta columna.
Por ahora, la pregunta, leyendo día a día sobre arqueología y epigrafía maya, e incluso de la historia del desarrollo de la arqueología en este misterioso país… y habiendo estado con las comunidades indígenas que perviven y enfrentan la realidad desde una trinchera de dignidad y amor por la tierra que ofrece todo lo necesario para vivir y amar el vivir, puedo entender sin ser arqueóloga, que la manifestación de lo sagrado no está en las ruinas, (aunque por supuesto que se vive y se siente: la entrada de la primavera, el cambio del viento, el color amarillo en el aire, en los sonidos que cubren las selvas, los bosques, los mares que circundan México), que la historia está viva. Nuestra historia es tiempo presente. No material de estudio de un pasado remoto y en ruinas.
Desde un pequeño lugar del sur quiero decirles que amar la tierra de México desde sus raíces, es amar un corazón sagrado que ha dado su sangre de muchas maneras… que viene un cambio portentoso, que si bien no podemos comprender en la naturaleza del cielo, de las noches que desde las ciudades han mudado estrellas, sí podemos imaginar al ver los sucesos que están sacudiendo al planeta, uno tras otro: Haití, Chile, Japón…
Mi última pregunta para cerrar, para dejar constancia de una interrogante que debemos hacernos todos, es ¿cómo nos preparamos para vivir un nuevo ciclo que ya inició?, o mejor aún, la pregunta es, ¿sabes que estás en el final de una era?, ¿qué implica esto en nuestras vidas cansadas, llenas de trabajo y de historias trágicas?
Ummæli
Skrifa ummæli
hojas al viento