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La agricultura del corazón
Holbox, abril 2011

Las buenas semillas brotan cuando son plantadas con amor. El cielo en su lluvia florece y sus gotas vuelven fértil a la tierra; generan, con su azul oceánico y su amarillo solar, el verde alimento.
 Probablemente estar de paso sembrando en una pequeña isla de la península de Quintana Roo, llamada Holbox, me permite entender la esencia de los colores y su función al llegar a nuestro cuerpo en forma de alimento, aire, trabajo y sueños. Esto es lo que he aprendido en estas semanas mientras el silencio parece aullar y la soledad se intensifica con el color blanco de la arena hasta volver luminosos los pasos que uno da, y las orillas a donde se decide descansar.
En un principio, en tanto el hombre sale a cazar, es la mujer quien descubre la agricultura al permanecer en la cueva al cuidado del fuego.
Es en definitiva, de una mujer, del único lugar donde pueden brotar las semillas que dan la vida -del cuidado del fuego ya se podrá hablar en otro momento-.
El proverbio dice que una verdadera casa es donde se encuentra el corazón.
El planeta Tierra es nuestra casa, en él se encuentra nuestro corazón, es hora ya de ir volviendo al origen, de sembrar semillas que alimenten de manera orgánica, sin etiquetas ni caducidades; lo explico de otra forma:
Aunque en más de su 70% el planeta es agua, se llama Tierra porque sobre ella es donde la especie humana habita, siendo nosotros quienes le damos el distintivo a este planeta entre los vastos mundos del universo. Por cierto, nuestro cuerpo en más de un 70% también es agua.
Cifra contraria a la composición del universo, ya que más del 70% de su contenido es un enigma, no se conoce en esencia; al resto se le llama “energía oscura”, de ella menos del 5% son los átomos y la materia que compone a las estrellas, a los planetas, y a esta micro-especie pensante y consciente que constituimos los humanos… esos que marcamos la diferencia entre existir, alimentarnos, respirar o ser nada.
(Es interesante hacer un paréntesis para pensar también en que es menos del 5% de nuestra capacidad cerebral la que el hombre promedio ocupa en toda su vida).
Y sobre esta última línea, hay que mencionar a los individuos, grupos y comunidades que a lo largo y ancho del planeta están intentando marcar la diferencia -y ocupar otro poco porcentaje del común de nuestra capacidad cerebral-, gestando de unas décadas a la fecha nuevos métodos sustentables para proteger, cuidar, prevenir y convivir con el medio ambiente; desde eco-aldeas en donde los recursos son en su totalidad orgánicos; uso del suelo, de la luz, del agua, la arquitectura, los jardines, la permacultura, autos solares, hasta las técnicas más simples e incluso artísticas de reciclar basura y convertirla en esculturas de sombras o en tabiques para construcción.
En cuanto se logra comprender que el planeta es un reflejo de nosotros mismos como especie humana, es que se consigue trabajar con ella, no contra ella ni pese a ella.
Para entender con un buen ejemplo cómo es que el planeta es un reflejo de nosotros mismos, veamos el caso de nuestro país y la raíz de su nombre:
México proviene de Metztli que significa Luna, Xictli que quiere decir Ombligo, y co que designa “lugar”. Para los mexicas -mal llamados “aztecas”-, se tenía el claro conocimiento espacial de estar ubicados en el centro, como quien se encuentra en el vientre y recibe la energía del cosmos mediante un conducto umbilical…
En el planeta existen varios lugares “ombligo”, centros específicos que reciben el alimento, que manan vida, y de esta manera el planeta también tiene rostros y colores según sus tierras, tiene grutas, cavidades, cenotes, como nosotros tenemos los nuestros. Somos un ser único, ella y nosotros.
Percibimos lo que damos, damos lo que somos, lo que creemos que nos merecemos o todo lo contrario. Si nosotros vivimos un desequilibrio, la Tierra lo vive, lo refleja, nos lo devuelve.
Si sembramos, la Tierra nos lo devuelve.
Si amamos la vida en la tierra en todas sus formas, no tenemos nada lo tenemos todo, cosechamos en cantidad y en calidad. Matemáticas simples.
Armonía, Balance, ritmos, sincronías, todo eso es no sólo la tierra sino el Universo… Lo más cercano es cuando entras a escuchar a una orquesta sinfónica y dejándote llevar por los ensambles participas de ellos, no eres un espectador, eres también un orquestador porque al escuchar la música la emanas, participas contigo mismo como instrumento.
La sangre que circula por nuestras venas, los pasos que damos, las palabras que decimos, el silencio que guardamos, todo ello es el ritmo del universo, palpitamos en realidad, con un solo latido y es necesario que seamos conscientes de ello para poder entonces bailar un nuevo ritmo… danzas pacíficas, armoniosas, he ahí el arte de las bailarinas… del folklore de cada cultura… de su música propia sus bailes, sus fiestas.
Volvamos de nuevo al punto de origen.
El corazón tiene ritmos estableces, infinitos, conectados a nuestro cuerpo, a nuestra cabeza… Cuando uno siembra, un campo, un huerto, una flor, una relación de amistad o de pareja, uno participa de medidas de luz, de agua, de cuidados diarios, de sombras, de proporciones, para que la vida se dé… se le habla quedito, se le habla de cerca no se le ignora ni se le grita o se le ofende, excepto cuando no sabemos qué es lo que queremos cosechar.
Propongo el método de ciencias naturales de primaria pero desde una nueva perspectiva, los padres con los hijos, o uno de forma personal, intenten sembrar una flor, o buscar los métodos para crear un huerto en casa, la tierra siempre pedirá únicamente lo que necesita, lo que le sobra lo desecha.
La agricultura tiene que volver a nacer no en los campesinos ni en los agrónomos, puedo hacer un llamado especial a las mujeres, las que todo el tiempo están sembrando, en trabajo, en oración, en sacrificios…
Tenemos que encontrar las formas orgánicas para producir una vida sustentable, consumir desde el corazón, sembrar desde allí.
México, en su mapa “umbilical”, posee las tierras, las danzas y las personas que saben amar la tierra, hay que mirar más hacia esas personas que lo saben, que nos pueden enseñar cómo sembrar desde el corazón.

Estas líneas están dedicadas a Miguel y a Daniel, jardineros fieles desde sus trincheras
y quienes me enseñaron a cultivar otra consciencia desde un jardín en Casa Blat-ha.

Ummæli

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