Los exiliados
El no esperaba nada.
Ella lo esperaba todo.
Y lo esperaba a él.
Como una nube en pleno desierto.
Esperaba, por ejemplo, su sonrisa.
Ella nunca supo -hasta que lo vio reír-, el largo tiempo en que espero ver aquella alegría que se dibujaba en todo su rostro, la manera en que empequeñecía sus ojos, y cambiaba el tono de su voz.
Él no esperaba nada, pensaba, hasta que un día dieron la vuelta en la esquina, en donde solo habita el aire; cruzaron largas avenidas, océanos, aeropuertos y muelles. Tomaron una bici, y en el centro de una recóndita isla aparecieron el uno frente al otro.
Ella, una visita, una nómada, una joven mujer de vestido púrpura y cabellos atados en una larga manta enrollada en su cabeza… como una gitana. Con sus plumas pendiendo de las orejas, su cuerpo de “mujer a medio terminar” y sus ojos lejanos y oscuros como noche sin luna.
Él no estaba preparado para recibirla. Él y sus hábitos eclesiásticos no esperaban a una visita como ella. Sin embargo, al verla, cuando ella se acercó a hacerle una pregunta, los ojos de él se iluminaron.
Por la calle que era su vida, a aquella joven mujer le encendieron las farolas… comenzó a ver el camino con claridad.
Ya no era tan simple y llano como parecía en un principio. En cuanto ella y él se cruzaron por aquella isla. El camino de ambos, cambió la historia. Mudó el rumbo de sus planes. Como las palomas que aletean mojadas por la lluvia inesperada, y deciden dejarlo todo. Y comenzar a buscar un horizonte, y hojas para un nuevo nido.
No imaginen un solo nido para ambos.
Esta historia sólo cuenta un encuentro, y marca una despedida, y por supuesto, dos caminos que se bifurcan.
Porque así es la vida de los exiliados.
Ella lo esperaba todo.
Y lo esperaba a él.
Como una nube en pleno desierto.
Esperaba, por ejemplo, su sonrisa.
Ella nunca supo -hasta que lo vio reír-, el largo tiempo en que espero ver aquella alegría que se dibujaba en todo su rostro, la manera en que empequeñecía sus ojos, y cambiaba el tono de su voz.
Él no esperaba nada, pensaba, hasta que un día dieron la vuelta en la esquina, en donde solo habita el aire; cruzaron largas avenidas, océanos, aeropuertos y muelles. Tomaron una bici, y en el centro de una recóndita isla aparecieron el uno frente al otro.
Ella, una visita, una nómada, una joven mujer de vestido púrpura y cabellos atados en una larga manta enrollada en su cabeza… como una gitana. Con sus plumas pendiendo de las orejas, su cuerpo de “mujer a medio terminar” y sus ojos lejanos y oscuros como noche sin luna.
Él no estaba preparado para recibirla. Él y sus hábitos eclesiásticos no esperaban a una visita como ella. Sin embargo, al verla, cuando ella se acercó a hacerle una pregunta, los ojos de él se iluminaron.
Por la calle que era su vida, a aquella joven mujer le encendieron las farolas… comenzó a ver el camino con claridad.
Ya no era tan simple y llano como parecía en un principio. En cuanto ella y él se cruzaron por aquella isla. El camino de ambos, cambió la historia. Mudó el rumbo de sus planes. Como las palomas que aletean mojadas por la lluvia inesperada, y deciden dejarlo todo. Y comenzar a buscar un horizonte, y hojas para un nuevo nido.
No imaginen un solo nido para ambos.
Esta historia sólo cuenta un encuentro, y marca una despedida, y por supuesto, dos caminos que se bifurcan.
Porque así es la vida de los exiliados.
Ummæli
Skrifa ummæli
hojas al viento